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El bosque

Si nos fijamos en el paisaje vegetal que cubre La Rioja veremos que es sumamente variado. El bosque sería una de las formas de vegetación, pero además encontraríamos matorrales, prados y cultivos que se alternarían ocupando el espacio no urbanizado de nuestra geografía.

Todos conocemos intuitivamente lo que es un bosque, y en general lo solemos asimilar a la presencia de árboles. Cuando vemos un grupo de hayas, decimos que se trata de un hayedo y únicamente nos hemos fijado en la especie arbórea dominante. Un bosque es algo más. Junto al haya encontramos todo un cortejo de vegetales, quizás menos vistosos y abundantes, pero que no se desarrollan bajo ninguna otra cubierta arbórea. Son características del hayedo, y tan definidores del mismo como la propia haya. Asociándose a un determinado tipo de vegetación se instala una fauna acompañante. Un corzo, una salamandra o un agateador norteño, entre otros, forman parte de ese hayedo que hemos tomado como ejemplo. Es allí donde encuentran las condiciones ambientales idóneas para su reproducción.

El que se desarrolle un bosque, un matorral o una pradera en determinado lugar, no es un capricho de la naturaleza. Existen una serie de factores que condicionan el paisaje, siendo los principales el clima, el suelo y la actividad del hombre.

Hasta nuestras tierras y siguiendo el Valle del Ebro penetran las influencias del mar Mediterráneo, que caracterizan a un clima de veranos cálidos y muy secos. El carrascal sería la formación vegetal adaptada a estas condiciones en la zona del valle. Con la altura el clima va variando, las lluvias son más frecuentes y las temperaturas disminuyen, especialmente al Oeste de nuestras tierras, aprovechando las borrascas oceánicas provenientes del Atlántico. Quejigales, rebollares, hayedos y pinares se van sucediendo latitudinalmente. La topografía con sus umbrías y solanas, la elevada pendiente y la naturaleza del sustrato calizo o silíceo, dificultan y complican cualquier esquema sencillo.

A veces las condiciones ambientales son tan extremas, que no permiten que un bosque se asiente ocupando un espacio. Allí encontramos matorrales o praderas naturales. Algunos de nuestros brezales, piornales y cervunales altimontanos son un ejemplo de ello, as¡ como la vegetación ligada a suelos salinos a base de sosas, sisallos y tamarices.

La instalación de la vegetación en un área desocupada es un proceso dinámico, un bosque o un matorral no aparecen de repente. Precisan de un ambiente que se va formando por pasos sucesivos. Así a una pradera le sigue un matorral, un matorral arbolado y por fin un bosque si las condiciones ambientales lo permiten. El proceso es lento, dependiendo del tipo de vegetación. Un carrascal maduro puede tardar más de 120 años en constituirse.

El hombre para el desarrollo de muchas de sus actividades altera dicha dinámica. Cuando talamos o incendiamos un bosque volvemos a las primeras etapas de la sucesión. El pastoreo y los desbroces son formas de mantener la vegetación artificialmente estable. Una vez que ha cesado la intervención humana, el matorral crece entre los pastos, y en los pinares empiezan a desarrollarse pequeñas hayas o rebollos según la vocación de la zona. Pero la capacidad de respuesta natural puede alterarse. El suelo que ha propiciado la presencia de una cobertura vegetal, puede perderse al ser destruida ésta. Y sin suelo la restauración de un bosque es sumamente difícil, por no decir imposible. El factor humano es pues decisivo a la hora de interpretar la variedad de nuestra vegetación.

Bosques mixtos

Los denominados bosques mixtos se caracterizan ante todo por ser masas boscosas donde varias especies arbóreas se mezclan y reparten por igual. En un hayedo, un rebollar o un carrascal era un árbol el que dominaba y daba nombre popular al bosque. Sin embargo no ocurre siempre así, y cuando las condiciones  ambientales lo permiten, hayas, fresnos, tilos, avellanos, arces, serbales, olmos de montaña y robles albares pueden desarrollarse conjuntamente, sin que ninguno de ellos parezca ser el más abundante.

En La Rioja dichos bosques ocupan una superficie muy reducida en contraposición a +lo que ocurre en Europa Central donde llegan a cubrir grandes extensiones. Se desarrollan en la media montaña riojana, en lugares donde climatológicamente, por sus veranos frescos y húmedos, podría implantarse un hayedo. Sin embargo el suelo y unas nieblas menos frecuentes, con mayor sequía atmosférica, dificultan su crecimiento, favoreciéndose la implantación de otros árboles. Son terrenos de mucha pendiente, en el fondo de barrancos por donde circula alguna corriente de agua. La humedad del suelo está pues asegurada y este carácter se manifiesta al crecer olmos de montaña, avellanos y fresnos que acompañan a los regatos en sus cursos altos. A veces se interpretan como primitivas áreas donde dominaban los robledales de roble albar que han sido paulatinamente invadidas por el haya.

La variedad de estos bosques se refleja en su fauna donde especies propias de hayedos, robledales y cursos de agua se acomodan en la zona. No es raro ver el rápido vuelo de algún mirlo acuático o el continuo balanceo del andarríos chico.

Dadas sus reducidas dimensiones, su alto valor estético o paisajístico y la función protectora de suelos que realiza en pendientes muy inclinadas es precisa y necesaria su conservación.

En La Rioja podemos encontrarlos a lo largo del curso medio y alto del río Najerilla, con predominio de fresnos; curso alto del Oja con mayor presencia de robles albares, y en las inmediaciones de Nieva de Cameros, en el valle del río lregua con mayor abundancia de avellanos.

Su belleza otoñal, donde verdes, ocres, rojos y amarillos se solapan y fusionan a la vez, es un espectáculo natural barato y agradable.

En zonas de contacto de dos masas arbóreas diferentes o como resultado del efecto invasor sobre hayedos y robledales de pino silvestre, existen zonas de reducida extensión donde se mezclan especies, sin embargo su significado ecológico y su relevancia son diferentes al de los auténticos bosques mixtos.

Hayedo

Nuestros hayedos, no cabe duda, son los bosques más maduros y mejor  conservados de La Rioja. El haya es un árbol robusto y señorial. De porte esbelto y ancha copa, puede crecer hasta los 40 m. de altura, no sobrepasando los 30 m. en nuestra región. Su corteza es lisa, pero recubierta de hongos, líquenes y musgos. Sus hojas son tiernas y lustrosas, vistas a contraluz presentan un margen velloso muy característico.

El haya es árbol asociado a nieblas persistentes que reducen su transpiración, poseyendo la capacidad de captar agua a través de sus hojas. Es indiferente en cuanto al tipo de sustrato, no soportando los suelos muy compactos ni encharcados.

 

Se sitúa en la media montaña por encima de los rebollares, de cara a la influencia oceánica, que trae brumas y lluvias.

El aspecto que ofrecen los hayedos a lo largo de las estaciones es muy variable. Durante el invierno, las hojas ya secas han caído de los árboles, a excepción hecha de algún pie joven que todavía las conserva. La claridad y una sensación de silencio y quietud son propias del hayedo en esta estación. Las aves o han emigrado hacia países más cálidos o han bajado hacia el valle en busca de alimento.


Sólo quizás el apresurado vuelo de alguna becada, puede sorprendernos paseando por estos bosques. Los reptiles y anfibios así como el lirón gris duermen en espera de condiciones más favorables.

Durante la primavera temprana, multitud de plantas se apresuran a echar
brotes y florecillas. Anémonas, violetas y jacintos abundan a los hayedos, antes de que éstas tengan hojas. Después, la posición especial de las hojas de haya interceptan al máximo la radiación solar. El sotobosque se empobrece y sólo resisten aquellas plantas especialmente adaptadas a la sombra, como la hepática y el heleboro verde. Es la época de mayor actividad del hayedo.


Azores y gavilanes, que crían en las copas más altas, son los depredadores del bosque. El trepador azul y el agateador norteño suben y bajan por troncos y ramas en busca de alimento, el papamoscas cerrojillo y el carbonero palustre buscan un viejo tronco donde instalar su nido. Petirrojos y zorzales completan el cortejo de aves propias y características de nuestros hayedos. Con suerte y paciencia podremos sorprender a algún corzo o quizás ciervo, sesteando durante las horas de mayor calor.

El hombre ha venido explotando nuestros hayedos, por la excelente calidad de su madera empleada en ebanistería, así como en monte bajo para leñas.

Cuando el hayedo es aclarado aparecen helechales y brezales de sustitución.

En La Rioja los hayedos más extensos se sitúan en los Valles de Matute y Tobía, Valvanera y San Millán. La muga entre los valles Iregua y Najerilla, en su curso medio, el término de Monte Real en el alto Leza y Hoyos de Iregua, se suman a los anteriores por su importancia. Dada su situación se hacen interesantes el hayedo de Sierra La Hez, en avanzadilla hacia el valle, y el hayedo de Poyales, el más oriental de La Rioja.

Carrascal

Si alguna vez, paseando por el campo, nos encontramos con una carrasca,  podemos fijarnos calmadamente en algunos de sus detalles más característicos. Se nos muestra, cuando ha alcanzado la suficiente edad, como un árbol robusto, de copa amplia y redondeada, con follaje oscuro y denso. La forma y tamaño de sus hojas presentan una gran variabilidad, aunque son frecuentes hojas pequeñas y redondeadas con el borde ligeramente espinoso. La cara superior de la hoja presenta un ligero matiz azulado debido a la presencia de ceras. En la inferior son abundantes los pelos cortos y densamente apretados que le dan un color grisáceo. Ambas son características que nos hacen pensar en un árbol adaptado a retener el agua, tan importante en el desarrollo de cualquier vegetal y tan escasa en el medio donde prospera.

La carrasca, que puede vivir más de 500 años, es  propia de un tipo de clima Mediterráneo de tipo continental, del interior de la Península, donde tanto las temperaturas estivales como invernales son extremas y las lluvias son escasas a lo largo del año, sin embargo parece sensible a las mínimas muy extremadas.

Acompañando a la carrasca, suelen aparecer otras plantas como sabinas y enebros, que forman un matorral muy aclarado donde el romero, el espliego y varios tipos de tomillos, todos ellos muy aromáticos, se desarrollan perfectamente. Con ocasión de incendios y posterior pastoreo, el carrascal, es sustituido por coscojares muy densos y de difícil acceso. En una etapa posterior dominarían romerales y tomillares.

Aprovechando la maduración otoñal de las bellotas de carrasca, así como la protección que supone la persistencia invernal del follaje, gran número de tórtolas, palomas torcaces y arrendajos encuentran alimento en nuestros carrascales durante el duro periodo invernal. Jabalíes y tejones se suman al festín contribuyendo, al hozar el terreno, a la germinación de las bellotas. El hombre también ha utilizado sus frutos con la cría en montanera de cerdos.

En La Rioja antiguamente los carrascales debieron ocupar todo el valle del Ebro. Zona llana con excelente tierra y fácilmente regable, fue codiciada para usos agrícolas. Así el hombre taló e incendió el carrascal, utilizó las magníficas cualidades caloríficas de su madera para carboneo y aprovechamiento de leñas, convirtiendo las antiguas grandes masas de carrascas, en reducidas extensiones donde la inclinación del terreno o su mala calidad las libraron del laboreo.

El carrascal de Cidamón, los montes de Ausejo, Tudelilla y Carbonera, el carrascal de Villarroya y Yerga son las zonas más interesantes a excepción hecha de los carrascales montanos del valle del Najerilla de significación ecológica diferente, al instalarse en terrenos muy inclinados, de escaso suelo y en valles encajonados donde el continuo viento contribuye a dar sequedad al ambiente.