7 agosto 2001
Ya se sabe que es difícil sorprender a los habitantes de una
ciudad cosmopolita por excelencia como es Nueva York, pero la
última ocurrencia de su alcalde saliente, Rudolph Giuliani, ha
suscitado en algunos cierta perplejidad, de la que se ha hecho
ampliamente eco la prensa local.
Forzado a abandonar su residencia oficial de Gracie Mansion por
su esposa, Donna Hannover, el antiguo fiscal antimafia, que en
ocho años de alcaldía ha limpiado la ciudad de pintadas,
basuras y pequeños delincuentes, se ha trasladado a vivir a un
exclusivo apartamento de un lujoso rascacielos en casa de un
homosexual de 64 años, Howard Koeppel, rico concesionario de
automóviles, su amigo de toda la vida e infatigable financiador
de sus campañas electorales.
Koeppel comparte vivienda a su vez con su amante, el pianista
norteamericano de origen chino, Mark Hsiao, que trabaja en la
concejalía de Cultura. Desde hace diez años su unión está
registrada en el Ayuntamiento con la fórmula de "domestic
partners" o convivientes. Ahora, no se sabe por cuánto
tiempo, han incluido en su núcleo familiar al famoso alcalde
republicano en el residencial barrio del Upper East Side, la zona
chic de Manhattan.
Las desaveniencias conyugales entre Giuliani y su mujer se
agudizaron desde que el alcalde quiso formalizar su relación con
su amante Judith Nathan y anunció a la prensa su intención de
divorciarse. La pareja tiene dos hijos, Andrew, de 15 años, y
Caroline, de 11. Al alcalde republicano -sometido a tratamiento
por un cáncer de próstata- se le ocurrió la sorprendente idea
de pedir a una juez del tribunal supremo de Nueva York que
permitiese a su amor, la citada Judith Nathan, fijar residencia
con el resto de la familia en su bella mansión de 200 años de
antigüedad.
La pretensión, que fue previsiblemente rechazada, no hizo sino
aumentar el enfado de su esposa, que es actriz y presentadora de
televisión. Y así se ha sabido a través de una filtración del
propio Giuliani, que no tiene reparos en ventilar en la prensa
los avatares del laberinto amoroso en que se halla inmerso, que
su mujer lo había confinado en un cuarto pequeño, sin baño,
mientras ella seguía en la "suite" y que no tenía a
nadie que le cuidase por las noches cuando le venían los
vómitos que le provocaba la quimioterapia.
Harto de esta situación, el alcalde ha recurrido a su dos amigos
gays, quienes le han acogido en su apartamento de 300 metros
cuadrados, en el piso 32 de un rascacielos con magníficas
vistas. No ha faltado algún mordaz periodista que le haya
recordado al católico Giuliani su feroz oposición al matrimonio
entre gays, pero el alcalde, que en cambio se ha mostrado siempre
abierto a las simples uniones entre homosexuales, no se ha dejado
amedrentar: "Yo -le ha respondido con aire desafiante- no
hago distinciones entre las personas blancas, negras, católicas,
protestantes, judías, gay, lesbianas o heterosexuales. Hay mucha
gente que me resulta simpática y alguna que no me gusta. Y no
hay más". Y por si fuera poco, ha añadido: "Las
personas deben tener exactamente los mismos derechos, la misma
asistencia y las mismas oportunidades, sin discriminaciones por
el color, por la sexualidad, por la política o por la
religión".
"Rudy (Rudolph) es muy ordenado -ha comentado divertido al
New York Times Koeppel, el propietario del apartamento-. Todas
las mañanas se hace la cama él solito. Cuando coincidimos a la
hora del almuerzo le pregunto: Rudy, ¿cuándo volverás esta
noche?. Y él, cuando responde, se pone a bromear y me llama
mamá."
Fuente: Yahoo noticias