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Si
pudiéramos reducir la población total del Planeta a un pequeño pueblecito de
tan sólo100 habitantes y mantuviéramos los porcentajes existentes,
apreciaríamos mejor nuestra pequeñez: junto a los 21 europeos habría 57 asiáticos,
14 americanos y 8 africanos. De ellos, 30 serían cristianos y 70 de otras
religiones. Del centenar de seres humanos de la aldea, 30 serían de raza blanca
y 70 de otras razas. Y, sin embargo, nosotros -europeos, sonrosaditos y
cristianos viejos- nos creemos el ombligo del universo.
Si
pudiéramos averiguar el origen de todo lo que nos rodea, apreciaríamos mejor
nuestra dependencia: contamos en nuestra tierra con una multinacional
estadounidense del automóvil aunque también nos gustan los coches japoneses;
comemos pizzas italianas y plátanos de Costa Rica; bebemos ron cubano y café
colombiano; cocinamos con gas argelino y nos calentamos con petróleo saudí; nos
encanta la ropa diseñada en New York, cortada en Corea del Sur y montada en
Vietnam o Laos; regalamos puros habanos y pisamos en nuestras casas sobre
maderas del Congo; cada año ilusionamos a nuestros niños con el viaje que unos
Reyes Magos hicieron desde el Kurdistán hasta Belén; en verano soñamos con
viajar a remotos rincones del Pacífico o el Indico. Y, sin embargo, pensamos
que somos autónomos y que no necesitamos para nada a los pobres países del
Tercer Mundo.
Si
pudiéramos desentrañar todo lo que nos define como seres humanos, valoraríamos
mejor nuestras deudas con los demás pueblos y las otras civilizaciones: nuestro
Dios es judío; hemos crecido con música negra y caribeña; calculamos con
números árabes y escribimos con letras latinas; nuestros primeros antepasados
salieron de Africa; las leyes que nos rigen son de origen romano; algunas de
nuestras mejores raíces literarias son hispanoamericanas y nos hemos amamantado
con el cine de Hollywood; además, esta democracia nuestra tiene origen griego.
Y, sin embargo, nos atrevemos a decir que los inmigrantes que nos rodean son
extraños.