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Con el permiso de... José Javier Rueda

Heraldo de Aragón

2 de febrero de 2.001

 

 

El ombligo

 

            Si pudiéramos reducir la población total del Planeta a un pequeño pueblecito de tan sólo100 habitantes y mantuviéramos los porcentajes existentes, apreciaríamos mejor nuestra pequeñez: junto a los 21 europeos habría 57 asiáticos, 14 americanos y 8 africanos. De ellos, 30 serían cristianos y 70 de otras religiones. Del centenar de seres humanos de la aldea, 30 serían de raza blanca y 70 de otras razas. Y, sin embargo, nosotros -europeos, sonrosaditos y cristianos viejos- nos creemos el ombligo del universo.

 

            Si pudiéramos averiguar el origen de todo lo que nos rodea, apreciaríamos mejor nuestra dependencia: contamos en nuestra tierra con una multinacional estadounidense del automóvil aunque también nos gustan los coches japoneses; comemos pizzas italianas y plátanos de Costa Rica; bebemos ron cubano y café colombiano; cocinamos con gas argelino y nos calentamos con petróleo saudí; nos encanta la ropa diseñada en New York, cortada en Corea del Sur y montada en Vietnam o Laos; regalamos puros habanos y pisamos en nuestras casas sobre maderas del Congo; cada año ilusionamos a nuestros niños con el viaje que unos Reyes Magos hicieron desde el Kurdistán hasta Belén; en verano soñamos con viajar a remotos rincones del Pacífico o el Indico. Y, sin embargo, pensamos que somos autónomos y que no necesitamos para nada a los pobres países del Tercer Mundo.

 

            Si pudiéramos desentrañar todo lo que nos define como seres humanos, valoraríamos mejor nuestras deudas con los demás pueblos y las otras civilizaciones: nuestro Dios es judío; hemos crecido con música negra y caribeña; calculamos con números árabes y escribimos con letras latinas; nuestros primeros antepasados salieron de Africa; las leyes que nos rigen son de origen romano; algunas de nuestras mejores raíces literarias son hispanoamericanas y nos hemos amamantado con el cine de Hollywood; además, esta democracia nuestra tiene origen griego. Y, sin embargo, nos atrevemos a decir que los inmigrantes que nos rodean son extraños.

 

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