|
|
|
|
CLIMA
DE EPOCA: ISADORA DUNCAN EN BUENOS AIRES
Llegó en julio de 1916, se interesó por la vida nocturna
porteña y bailó hasta el Himno Nacional Argentino. Polémica
e irreverente, se peleó con el público y debió cancelar
presentaciones.
El
tercer año de la Primera Guerra Mundial encontró a la Argentina
sacudida por una fuerte crisis económica y por grandes agitaciones
sociales. En el mes de julio, durante uno de los desfiles que acompañaban
los festejos por el centenario de la Independencia habían llegado
delegados de todo el mundo y alrededor de 100.000 turistas, un joven
anarquista baleó dos veces, sin herirlo, al presidente Victorino de
la Plaza. Un mes después, en medio del entusiasmo popular, el radical
Hipólito Yrigoyen triunfaba masivamente en elecciones nacionales. Una
de sus primeras medidas fue la de indultar a sus anteriores enemigos conservadores,
lo que sorprendió y desconcertó a muchos de sus innumerables
simpatizantes.
Fue
en medio de esta turbulenta atmósfera que Isadora Duncan llegó
a Buenos Aires por primera vez. La bailarina californiana tenía en
ese momento 38 años y su fama y su éxito habían alcanzado,
particularmente en Europa, alturas extraordinarias. Pero el golpe atroz que
había representado para ella la muerte en 1913 de sus dos pequeños
hijos en un accidente de auto cerca de París, alteró su vida
de una manera definitiva. Las extravagancias de Isadora que incluían
una despreocupación completa por el dinero, lo tuviera o no se
volvieron más acusadas y lo mismo ocurrió con su desinterés
por las convencionales sociales.
El
barco que la traía desde Río de Janeiro atracó en
Buenos Aires a principios de julio e Isadora se encontró con una
primera dificultad: las cortinas y alfombras que acompañaban sus
recitales no habían llegado y tuvo que encargar otras nuevas porque
la primera presentación estaba programada para pocos días
más tarde. El costo era aproximadamente de 4000 dólares
y como no tenía efectivo para afrontar este gasto inesperado, arregló
pagar a crédito. Las partituras orquestales de sus programas también
estaban en viaje desde Francia, pero fue fácil reemplazarlas gracias
a la ayuda del director del Conservatorio de Buenos Aires, que prestó
las partituras de la biblioteca de la institución.
|
|
|
|
|
|
A
pesar de que disponía de poco dinero Isadora se alojó en el
Plaza Hotel y mientras se preparaba para sus conciertos comenzó a recorrer
la ciudad. Su biógrafa, la estadounidense Frederika Blair, cuenta que
visitó no sólo los barrios elegantes "sino también
La Boca, centro de la rutilante vida nocturna de la ciudad (sic)".
Los
espectadores de su primer concierto, el 12 de julio, recibieron las danzas
de Isadora un tanto fríamente. El público porteño estaba
acostumbrado al lenguaje del ballet, aun en sus formas renovadoras Vaslav
Nijinsky con los Ballets Russes se habían presentado en el Teatro Colón
tres años antes con un éxito colosal y encontró
pobre y limitada la técnica de Isadora. La víspera del segundo
concierto fue con un grupo de amigos a un club nocturno y allí, impulsada
por la excitación del momento, se lanzó a bailar el himno nacional.
Al día siguiente el gerente del Coliseo adujo que ella había
faltado al contrato con él al ofrecer esa actuación imprevista
y amenazó con anular el próximo concierto. Fue necesario todo
el tacto de Dumesnil, director musical de la gira, para que el gerente volviera
atrás en su decisión.
Sin
embargo, otras dificultades se avecinaban. Isadora quería dedicar a
Wagner su tercer programa y su director musical, que era francés, se
negó a cooperar. Dumesnil tenía una licencia del ejército
de su país y consideró que provocaría censuras si en
tiempo de guerra participaba en un programa con obras de un compositor alemán.
Pero, aunque consiguieron otro director, el programa wagneriano alejó
a muchos de los admiradores de Isadora, del mismo modo que los pro alemanes
se habían visto afectados por su interpretación de La Marsellesa.
Durante
el concierto, algunos de los espectadores comenzaron a hablar en voz alta.
Isadora dejó entonces de bailar y se dirigió a ellos de una
manera airada, diciendo que ya le habían advertido que los sudamericanos
no entendían nada de arte: "Vous n´étes que de Négres"
("no son más que negros"), los increpó, usando una
forma négres, muy despectiva. Este acontecimiento determinó
que el administrador cancelara las funciones restantes. Antes de partir para
Montevideo Isadora tuvo que dejar su abrigo de armiño y sus pendientes
de esmeraldas como garantía del pago del hotel, pago que no podía
efectuar. La piel y las joyas habían sido regalos de su ex amante Paris
Singer, un hombre extraordinariamente rico, heredero del imperio Singer de
las máquinas de coser, y que había financiado muchas de las
aventuras artísticas de Isadora.
La
vida de la bailarina sufriría aún otras agitaciones: su fama
comenzó a declinar, entabló nuevas pero dolorosas relaciones
amorosas y se frustró, después de penosos esfuerzos, la posibilidad
de crear una escuela de danza en la flamante Unión Soviética.
En 1927 estaba en Niza, envejecida, agotada y sin dinero. El 8 de julio subió
a un auto deportivo manejado por un joven y atractivo chofer italiano. Pocos
segundos después murió asfixiada por su propia chalina, que
se había enganchado en la rueda trasera de la Bugatti.
Por
Laura Falcoff, Clarin, Domingo 17 de marzo de 2002
|
|