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Pies
descalzos y túnicas flotantes
Es
uno de los grandes mitos de la danza. Su vida fue novelesca, por lo tumultuosa
y trágica.
Antes
de que yo naciera mi madre sufría una gran crisis espiritual; su situación
era trágica. No podía tomar ningún alimento, excepto ostras y champaña helado.
Si se me preguntara cuándo empecé a bailar, contestaría: en el seno de mi
madre, probablemente por efecto de las ostras y el champaña, el alimento de
Afrodita".
Así empieza el primer capítulo de la autobiografía de Isadora Duncan, y en
él parecen reunirse varios de los rasgos con los que se construyó su mito:
la danza como destino irrecusable, no menos que las delicias del amor pagano
y el toque mundano y sofisticado que ciertamente formó parte de su vida y
que tan bien simbolizan las ostras y el champán.
Pero la vida de Isadora tuvo además un sino trágico, aunque trágico no es
una palabra suficientemente elocuente como para describir los terribles hechos
que la atravesaron: la muerte de sus dos pequeños hijos, Deirdre y Patrick,
ahogados cuando el auto en el que viajaban con su niñera cayó al Sena; y su
propia, absurda muerte en Niza, el cuello quebrado por su chalina, que se
había enganchado en la rueda trasera de una Bugatti conducida por un joven
y guapo italiano.
Isadora tenía en ese momento cincuenta años. Su triunfal carrera hacía tiempo
que era poco más que una leyenda así como también se habían desvanecido las
fortunas que había ganado, las escuelas fundadas con la ayuda de su millonario
amante Eugene Singer y su adhesión a la revolución bolchevique.
Setenta años después, su autobiografía, tan atractiva como plagada de detalles
fabulosos, continúa siendo un éxito de ventas en los muchos idiomas en los
que ha sido editada. De lo que no quedan constancias fidedignas es sobre cómo
era, efectivamente, su danza. Un acérrimo defensor del ballet académico, el
ruso Serge Lifar, escribió: "La danza de Isadora consistía en poco más que
caminar, correr y echar la cabeza hacia atrás". Quizá no le faltara razón.
La revolución que para muchos inició la bailarina norteamericana no puede
compararse con la que después emprendieron otras compatriotas suyas, como
Martha Graham o Doris Humphrey.
Sin embargo, la Isadora de pies descalzos y túnicas flotantes encarnó -a su
manera anárquica y contradictoria- una valiente forma de lucha contra prejuicios
de su tiempo: no sólo respecto de que una mujer dispusiera libremente sobre
sus apetencias amorosas, sino también de que una artista construyera y dirigiera
su propia carrera.
Laura
Falcoff, Clarin, Domingo 14 de setiembre de 1997
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