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Fue
en el marco de "La fábrica de los sueños", la muestra
que exhibe al teatro por dentro. El público pudo observar en detalle
los movimientos del destacado ballet, que ofreció fragmentos de "El
lago de los cisnes".
Al final de todo, a unos les brilla el sudor de la piel y a
los otros les brillan los ojos. Al final, cuando el lugar se llene de
aplausos, los que bailaron y los que latieron con ellos se mirarán de
cerca, tanto que se diría que chocan las sonrisas. Al final final, los
bailarines del ballet estable del Teatro Colón se irán caminando, con
el traje sobre el hombro, por el sótano de la Casa de la Cultura, donde
su público todavía mira la exposición de zapatos, vestidos, pinturas,
fotos del Teatro Colón.
Es que ayer el ballet estable del Colón levantó una puntita del telón
para que el público espiara su trabajo cotidiano. En el sótano de la Secretaría
de Cultura —un espacio que se acaba de terminar de reciclar, donde
funcionó la imprenta del diario La Prensa— los bailarines hicieron
un espectáculo de lo más didáctico: ejercicios primero, después algunos
pasos, luego fragmentos de obras —principalmente, de El lago de
los cisnes, que estrenan el 27— donde esos pasos están integrados
a la coreografía. Y, para cerrar, una pieza con todo y trajes. Y eso ahí
nomás, en un escenario que no tendría más de 80 centímetros de alto, donde
nada los separaba de las 80 personas que habían ido a verlos.
"Queremos mostrarles algo que no se ve: las clases", dice para empezar
Marta García, la directora del ballet, con su acento cubano. "El cuerpo
de los bailarines es el instrumento con el que se expresan y hay que tenerlo
bien acondicionado". Así que la señora se para en el escenario y muestra
un ejercicio. Los bailarines están en medias, tomados de la barra, suena
la música, Marta pasa por al lado de sus muchachos y corrige la posición
de un pie, la forma en que un brazo se aleja del cuerpo.
Arriba —el sótano tiene dos pisos— dos vienesas que hace unas
horas llegaron a Buenos Aires, Brigitte y Sigrid, registran la clase con
una camarita digital. Parece tan fácil lo que están haciendo los bailarines.
Seguro que el público piensa en lo flexible que puede ser el cuerpo humano.
Seguro que piensan en cuánto esfuerzo ocultan esos movimientos "naturales".
Sigue la clase, suena una música ligera, música popular, y Marta les habla
a los bailarines en clave: "Dos, tres, closh, primera, primera, quinta,
closh, closh", indica y se ve que ellos saben de qué se trata porque sigue
el baile.
Arriba, al lado de la baranda, un señor mayor que se llama Marcelo y su
mujer, los dos arregladitos como pa' ir de bodas, dicen que vinieron por
el tango, que eso es lo que están esperando. Ya llegará.
Mientras, las bailarinas se van a poner las zapatillas de punto y los
varones toman el escenario. Suena Summertime, ellos giran en un pie, el
público —se nota en gestos que quedan a mitad de camino— reprime
un aplauso, como si no estuviera seguro de si corresponde.
Después suben las chicas, Marta vuelve a hablar en código, ellas se mueven,
tensan esos muslos trabajados y quedan apoyadas en la punta de uno de
sus pies, se las ve como colgadas en el aire.
"El baile de los muchachos —enseña Marta— se caracteriza por
los saltos. Vamos a hacer unos saltos". Y es eso, los bailarines saltan,
agitan las piernas, el público no aguanta, deja de ser correcto y aplaude.
Y empieza la fiesta. Después entrarán las mujeres a hacer lo suyo y uno
de los bailarines será el que pique en punta con los aplausos.
Suerte que en el piso de arriba Marcelo no perdió la paciencia: Dalmiro
Astesiano y Julián Galván van a bailar un fragmento de Aire de tango,
de Ana María Stekelman. Se muestran, bailan cortado, se toman de los brazos
y hacen algunos pasos de tango. Cuando terminan la gente —no queda
nada de las reservas iniciales— se rompe las manos y grita "bravo".
"Leonardo les va a mostrar que hay pasos de una brillantez tremenda en
el baile de los hombres", dice Marta, y es lógico que ella se entusiasme
porque es la directora y esto le gusta mucho. Pero para los escépticos
entra Leonardo Reale y se vuelve trompo. Leandro vuela y abajo, en la
Tierra, el público aprieta las muelas para sostenerlo porque —esto
es lo bueno— no vuela como un pájaro, vuela como un hombre, como
el sueño de volar.
Para cerrar, para ver bien, Marta anuncia el Adagio II de El lago de los
cisnes. Entran —él con malla de baile, ella con tutú— Marisel
De Mitri y Dalmiro Astesiano. El tiene cara de nene, ella es un camafeo
a punto de deshacerse. Al final, la gente aplaude, los bailarines son
todo sonrisa, brillan los ojos y las pieles.
Patricia
Kolesnicov, Clarin, Viernes 18 de octubre de 2002 |
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