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Después
de tantas incertidumbres, por fin se estrenó “Las Indias galantes”.
En contra de lo anunciado, no fue estrictamente una versión de concierto
ya que la obra se presentó con una puesta en el espacio, ideada por Cervera,
que, a través de sutiles cambios de luces, mínimos movimientos escénicos
y una particular disposición de la escena, la decoró con los mejores componentes
visuales. Cercados por un negro absoluto, sobre el escenario estaban el
coro a los costados, los solistas al fondo esperando el momento de ingresar
y, adelante, los personajes de cada acto, actuando y cantando en una especie
de saloncito de tres sillones y una mesita.
Pero, además de lo escénico, estuvieron los sonidos mágicos de esta ópera-ballet
de Rameau, por primera vez en el Colón, dirigida con musicalidad y solvencia
por Garrido y que contó con los aportes de algunos cantantes notables.
En este sentido, del elenco de catorce solistas, en general todos en un
muy buen nivel, hay que hacer mención casi obligatoria a Isabelle Poulenard
y a Marie-Louise Duthoit, dos sopranos francesas que, en esta época de
sequía y ausencia de artistas extranjeros, llegaron para maravillar con
sus capacidades vocales y para dar una verdadera clase magistral sobre
la mejor manera de cantar el barroco francés.
Excluida de la temporada lírica -la eliminación de la puesta en escena
y la reducción en su extensión motivaron su reemplazo por “L’occasione
fa il ladro”, de Rossini -, se da el caso curioso de que ninguna
de las óperas hasta ahora ofrecidas alcanzó el nivel de excelencia de
“Las Indias galantes”. Restan todavía tres títulos y no es
de prever que alguno pueda acercarse a la estupenda exhibición musical,
vocal y escénica que caracterizaron a este espectáculo. Aunque, ojalá
así suceda, siempre hay que reservar algún espacio para la esperanza.
"Las
Indias galantes"
Brillante puesta en el Teatro
Colón
"Las Indias galantes" , ópera-ballet de Jean-Philippe
Rameau, en versión de concierto con puesta en el espacio. Elenco:
Isabelle Poulenard, Alejandro Di Nardo, Silvina Sadoly, Alejandro Meerapfel,
Graciela Oddone, Carlos Ullán, Lucas Debevec Mayer, Pablo Pollitzer,
Cristián Carrasco, Marie-Louise Duthoit, Anahí Scharovsky,
Mónica Capra, Nahuel Di Pierro y Rubén Martínez.
Orquesta Cisplatina y Coro Capella Cisplatina. Puesta en el espacio: Alejandro
Cervera. Dirección: Gabriel Garrido. Teatro Colón.
Nuestra opinión: excelente
.
Muy poca gente en el Colón para asistir a la primera audición
en la historia del teatro de "Las Indias galantes". Entre suspensiones,
postergaciones y decisiones musicales y teatrales rodeadas de dudas y
misterios, razones para tanta ausencia no faltaron. Además, una
lluvia pegajosa puso el peor marco para la ocasión y ayudó
a que los indecisos decidieran emprender otro camino. En definitiva, una
situación impropia para una noche de intensa belleza musical y
visual, con un estreno que superó largamente las expectativas.
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La tan anunciada versión de concierto en conferencia de prensa
no fue tal. Entre Garrido y Cervera pergeñaron un espectáculo
con el acento puesto en la utilización del espacio, tanto para
la generación de un tipo particular de sonido como para que, en
lo teatral, hubiera distintas situaciones y territorios. El amplísimo
escenario, sin divisiones explícitas, estaba, sin embargo, claramente
sectorializado por un pequeño mobiliario -esencialmente, sillones
antiguos, con un tapizado de un bermellón estampado un tanto desteñido-
y por funciones asignadas.
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La orquesta estaba en el foso, más elevado que lo habitual, con
diferentes alturas, visible desde la platea. El coro fue dividido y ubicado
en sillas y sillones ordenados sobre gradas a ambos lados de la boca del
escenario, encerrando un pequeño espacio para la acción,
casi un salón hogareño, en el cual sólo había
otros sillones y una mesita y al cual acudían los solistas, cada
uno en su respectivo acto o momento. Atrás, lejos, casi un banco
de suplentes desde donde salir al ruedo, sentados, caminando, intercambiando
posiciones, muy difusamente, estaban los cantantes. Y toda la amplitud
del escenario rodeado de un negro impenetrable, a veces, matizado por
un humo blanco muy tenue. El negro también dominó el vestuario
de los solistas y de los cantantes del coro, aunque sin ninguna uniformidad.
Formales, deportivos, sencillos, juveniles o festivos, hubo remeras, camperas,
camisas, pulóveres, fracs, vestidos de gala y de entrecasa, sacos
y chalecos. Y, por supuesto, hubo música, de la mejor y muy bien
interpretada.
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En la reducción de la partitura para esta particularísima
versión de concierto, Gabriel Garrido optó por eliminar
números de danza, pasajes corales y hasta algunas escenas, con
personajes incluidos (Tacmas, en la tercera entrada, "Las flores",
por ejemplo, se quedó sin su confidente Ali) sin que la acción
se resienta mayormente y sin que se pudieran percibir enlaces poco felices.
Además, la contundencia de su dirección terminó por
despejar cualquier incertidumbre. Con movimientos muy ampulosos condujo
a músicos, coro y solistas con gran eficiencia y una musicalidad
superlativa.
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Garrido demuestra una singular habilidad para lograr una sincronía
general y un ajuste impecable sin atenerse a ninguna marcación
rígida, logrando concretar una ejecución con los cambios
de matices y de tempi más sutiles, con fraseos delicados y con
intenciones dramáticas plenamente conseguidas. Los balances entre
orquesta y solistas estuvieron muy cuidados y fueron pocos los momentos
en los cuales algún cantante no pudo hacer oír su voz, aunque
esto no fue responsabilidad del director.
Muy buen nivel
Entre éstos, y dentro de un muy buen nivel general, hubo, sin embargo,
dos cantantes que sobresalieron por sus cualidades vocales y por un canto
de excelencia indiscutible. Las dos sopranos francesas, Isabelle Poulenard
y Marie-Louise Duthoit, construyeron sus personajes con grandes actuaciones,
mucha música y, en definitiva, ofreciendo la mejor lección
sobre cómo se debe cantar el tardío barroco francés.
Sin enumerar a cada uno del resto, también se destacaron Carlos
Ullán, Cristián Carrasco, Graciela Oddone, Nahuel Di Pierro
y Rubén Martínez.
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Por último, hay que reconocer que no todo fue perfecto de perfección
absoluta. Las ingobernables trompetas barrocas fueron exactamente eso,
al fagotista se le escapó una nota final demasiado solitaria, y
hasta el tempo escogido por Garrido para la "Danza de los salvajes"
del último acto pareció exageradamente rápido. Pero
los conceptos musicales y estéticos generales fueron totalmente
compartibles y disfrutables, del mismo modo que no se puede dejar de reiterar
lo acertado y atractivo del componente visual aportado por Cervera. En
este sentido, con este antecedente, cuando la ópera sea ofrecida
completa en 2003, no será sencilla la tarea de Alfredo Arias, el
regisseur a futuro.
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Versión extraña de concierto y no de ópera tradicional,
sobre el final, los aplausos lograron que Garrido ofreciera, fuera de
programa, nuevamente la "Chacona" y la "Danza de la gran
pipa de la paz" con el dúo y el coro agregados. A la salida,
no había lluvia ni humedad que pudieran dispersar los placeres
recibidos. Es de esperar que, para las dos funciones restantes, que se
realizarán mañana y pasado mañana, con entradas entre
5 y 15 pesos, mucho público acuda al Colón para otorgarle
a este espectáculo el mejor marco posible, el que se merece.
Pablo Kohan, La Nacion, Jueves 17 de Octubre de 2002
Grandes
voces para Rameau
Con
un notable reparto, dirección musical de Gabriel Garrido y una
singular puesta de Alejandro Cervera, se estrenó el martes.
Finalmente Las indias galantes subió al escenario del Colón
con una "puesta en el espacio" de Alejandro Cervera en lugar de la programada
régie de Alfredo Arias (que, según anunció la dirección del Teatro, se
verá en la próxima tempora da). Las soluciones a medio camino entre la
régie y la versión lisa y llana de concierto son muy proclives a la trivialidad,
aunque en este caso el logro de la escena consiste precisamente en no
haber quedado a mitad de camino entre una cosa y otra sino en haber tomado
su propio rumbo.
No hay ninguna alusión a un ambiente inca, turco o salvaje, ni tampoco
una simulación del entorno del compositor Rameau o de la París del siglo
XVIII. La escena se ha desplazado a un punto incierto. El ambiente es
de salón, con cuatro sillones en torno de los cuales se desarrollan las
acciones principales. La luz y el vestuario dan un tono nocturno. Aunque
a duras penas puede hablarse de "vestuario"; es como si alguien simplemente
hubiera dicho, aunque seguro no fue así: "Traigan lo que quieran, pero
que sea negro".
La orquesta está más elevada de lo normal, ligeramente por debajo del
nivel del escenario. El coro también se eleva sobre unas gradas laterales,
a cada lado de la escena. El conjunto del reparto espera su turno sentado
distendidamente en el fondo de la escena. Unos pocos movimientos remedan
abstractamente el intercambio de posiciones del ballet clásico. Todo parece
un poco flojo, distendido. En algún momento los cantantes del fondo fuman
o hacen que fuman. La atmósfera resulta extraña y convincente al mismo
tiempo.
Pero la descontracción general de la escena está sostenida por la precisión
de la parte musical; de la orquesta, el coro y los solistas, que forman
uno de los repartos más brillantes y parejos que se hayan oído en mucho
tiempo. Este reparto cuenta con algunos lujos, comenzando por la soprano
francesa Isabelle Poulenard (en los roles de Hébé y Phani), una de las
grandes figuras actuales del repertorio barroco y cantante exquisita;
y siguiendo por otra soprano francesa, Marie-Louise Duthoit, en el papel
de Fátima, además del finísimo tenor chileno Cristián Carrasco como el
príncipe Tacmas y de los argentinos Graciela Oddone (Emilie y Zima) y
Pablo Pollitzer (Don Carlos).
La orquesta y el coro no provienen del Colón. Sin la homogeneidad del
Elyma, el ensamble estable del director Garrido, esta Orquesta Cisplatina
es un buen seleccionado armado con varios músicos de la Orquesta Barroca
del Rosario, de donde proviene el concertino Rodolfo Marchesini, más algunas
guías expertas como Diana Baroni (flauta), Jorge Lavista (clave) o Andrea
De Carlo (viola da gamba).
Más allá de los ocasionales desajustes de las trompetas, el rendimiento
fue muy alto. Los buenos instrumentistas barrocos no sólo imitan estremecedoras
tormentas o erupciones de volcán, sino también las más sutiles inflexiones
de las voces: las flautas de Baroni y Gabriel Pérsico lo realizaron admirablemente.
En cuanto a la dirección general de Garrido, los tiempos elegidos (más
bien rápidos) y los recursos expresivos puestos en juego provienen de
un barroco menos áulico y pomposo, como si esa fábula sobre el amor intercontinental
quisiera desarrollarse efectivamente por fuera de la Francia cortesana.
Federico
Monjeau, Clarin, Viernes 18 de octubre de 2002 |
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