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TeaTro Colon

Mágicos sonidos

“Las Indias galantes”, de Jean-Philippe Rameau, con Isabelle Poulenard, Carlos Ullán, Marie-Louise Duthoit, Nahuel Di Pierro. Puesta: Alejandro Cervera. Dir.: Gabriel Garrido. Teatro Colón

 

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ATRACTIVA puesta que contó con algunos notables cantantes.

 

Después de tantas incertidumbres, por fin se estrenó “Las Indias galantes”. En contra de lo anunciado, no fue estrictamente una versión de concierto ya que la obra se presentó con una puesta en el espacio, ideada por Cervera, que, a través de sutiles cambios de luces, mínimos movimientos escénicos y una particular disposición de la escena, la decoró con los mejores componentes visuales. Cercados por un negro absoluto, sobre el escenario estaban el coro a los costados, los solistas al fondo esperando el momento de ingresar y, adelante, los personajes de cada acto, actuando y cantando en una especie de saloncito de tres sillones y una mesita.
Pero, además de lo escénico, estuvieron los sonidos mágicos de esta ópera-ballet de Rameau, por primera vez en el Colón, dirigida con musicalidad y solvencia por Garrido y que contó con los aportes de algunos cantantes notables. En este sentido, del elenco de catorce solistas, en general todos en un muy buen nivel, hay que hacer mención casi obligatoria a Isabelle Poulenard y a Marie-Louise Duthoit, dos sopranos francesas que, en esta época de sequía y ausencia de artistas extranjeros, llegaron para maravillar con sus capacidades vocales y para dar una verdadera clase magistral sobre la mejor manera de cantar el barroco francés.
Excluida de la temporada lírica -la eliminación de la puesta en escena y la reducción en su extensión motivaron su reemplazo por “L’occasione fa il ladro”, de Rossini -, se da el caso curioso de que ninguna de las óperas hasta ahora ofrecidas alcanzó el nivel de excelencia de “Las Indias galantes”. Restan todavía tres títulos y no es de prever que alguno pueda acercarse a la estupenda exhibición musical, vocal y escénica que caracterizaron a este espectáculo. Aunque, ojalá así suceda, siempre hay que reservar algún espacio para la esperanza.


"Las Indias galantes"
Brillante puesta en el Teatro Colón


"Las Indias galantes" , ópera-ballet de Jean-Philippe Rameau, en versión de concierto con puesta en el espacio. Elenco: Isabelle Poulenard, Alejandro Di Nardo, Silvina Sadoly, Alejandro Meerapfel, Graciela Oddone, Carlos Ullán, Lucas Debevec Mayer, Pablo Pollitzer, Cristián Carrasco, Marie-Louise Duthoit, Anahí Scharovsky, Mónica Capra, Nahuel Di Pierro y Rubén Martínez. Orquesta Cisplatina y Coro Capella Cisplatina. Puesta en el espacio: Alejandro Cervera. Dirección: Gabriel Garrido. Teatro Colón.
Nuestra opinión: excelente
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Muy poca gente en el Colón para asistir a la primera audición en la historia del teatro de "Las Indias galantes". Entre suspensiones, postergaciones y decisiones musicales y teatrales rodeadas de dudas y misterios, razones para tanta ausencia no faltaron. Además, una lluvia pegajosa puso el peor marco para la ocasión y ayudó a que los indecisos decidieran emprender otro camino. En definitiva, una situación impropia para una noche de intensa belleza musical y visual, con un estreno que superó largamente las expectativas.
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La tan anunciada versión de concierto en conferencia de prensa no fue tal. Entre Garrido y Cervera pergeñaron un espectáculo con el acento puesto en la utilización del espacio, tanto para la generación de un tipo particular de sonido como para que, en lo teatral, hubiera distintas situaciones y territorios. El amplísimo escenario, sin divisiones explícitas, estaba, sin embargo, claramente sectorializado por un pequeño mobiliario -esencialmente, sillones antiguos, con un tapizado de un bermellón estampado un tanto desteñido- y por funciones asignadas.
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La orquesta estaba en el foso, más elevado que lo habitual, con diferentes alturas, visible desde la platea. El coro fue dividido y ubicado en sillas y sillones ordenados sobre gradas a ambos lados de la boca del escenario, encerrando un pequeño espacio para la acción, casi un salón hogareño, en el cual sólo había otros sillones y una mesita y al cual acudían los solistas, cada uno en su respectivo acto o momento. Atrás, lejos, casi un banco de suplentes desde donde salir al ruedo, sentados, caminando, intercambiando posiciones, muy difusamente, estaban los cantantes. Y toda la amplitud del escenario rodeado de un negro impenetrable, a veces, matizado por un humo blanco muy tenue. El negro también dominó el vestuario de los solistas y de los cantantes del coro, aunque sin ninguna uniformidad. Formales, deportivos, sencillos, juveniles o festivos, hubo remeras, camperas, camisas, pulóveres, fracs, vestidos de gala y de entrecasa, sacos y chalecos. Y, por supuesto, hubo música, de la mejor y muy bien interpretada.
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En la reducción de la partitura para esta particularísima versión de concierto, Gabriel Garrido optó por eliminar números de danza, pasajes corales y hasta algunas escenas, con personajes incluidos (Tacmas, en la tercera entrada, "Las flores", por ejemplo, se quedó sin su confidente Ali) sin que la acción se resienta mayormente y sin que se pudieran percibir enlaces poco felices. Además, la contundencia de su dirección terminó por despejar cualquier incertidumbre. Con movimientos muy ampulosos condujo a músicos, coro y solistas con gran eficiencia y una musicalidad superlativa.
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Garrido demuestra una singular habilidad para lograr una sincronía general y un ajuste impecable sin atenerse a ninguna marcación rígida, logrando concretar una ejecución con los cambios de matices y de tempi más sutiles, con fraseos delicados y con intenciones dramáticas plenamente conseguidas. Los balances entre orquesta y solistas estuvieron muy cuidados y fueron pocos los momentos en los cuales algún cantante no pudo hacer oír su voz, aunque esto no fue responsabilidad del director.

Muy buen nivel
Entre éstos, y dentro de un muy buen nivel general, hubo, sin embargo, dos cantantes que sobresalieron por sus cualidades vocales y por un canto de excelencia indiscutible. Las dos sopranos francesas, Isabelle Poulenard y Marie-Louise Duthoit, construyeron sus personajes con grandes actuaciones, mucha música y, en definitiva, ofreciendo la mejor lección sobre cómo se debe cantar el tardío barroco francés. Sin enumerar a cada uno del resto, también se destacaron Carlos Ullán, Cristián Carrasco, Graciela Oddone, Nahuel Di Pierro y Rubén Martínez.
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Por último, hay que reconocer que no todo fue perfecto de perfección absoluta. Las ingobernables trompetas barrocas fueron exactamente eso, al fagotista se le escapó una nota final demasiado solitaria, y hasta el tempo escogido por Garrido para la "Danza de los salvajes" del último acto pareció exageradamente rápido. Pero los conceptos musicales y estéticos generales fueron totalmente compartibles y disfrutables, del mismo modo que no se puede dejar de reiterar lo acertado y atractivo del componente visual aportado por Cervera. En este sentido, con este antecedente, cuando la ópera sea ofrecida completa en 2003, no será sencilla la tarea de Alfredo Arias, el regisseur a futuro.
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Versión extraña de concierto y no de ópera tradicional, sobre el final, los aplausos lograron que Garrido ofreciera, fuera de programa, nuevamente la "Chacona" y la "Danza de la gran pipa de la paz" con el dúo y el coro agregados. A la salida, no había lluvia ni humedad que pudieran dispersar los placeres recibidos. Es de esperar que, para las dos funciones restantes, que se realizarán mañana y pasado mañana, con entradas entre 5 y 15 pesos, mucho público acuda al Colón para otorgarle a este espectáculo el mejor marco posible, el que se merece.

Pablo Kohan, La Nacion, Jueves 17 de Octubre de 2002


Grandes voces para Rameau

Con un notable reparto, dirección musical de Gabriel Garrido y una singular puesta de Alejandro Cervera, se estrenó el martes.

Finalmente Las indias galantes subió al escenario del Colón con una "puesta en el espacio" de Alejandro Cervera en lugar de la programada régie de Alfredo Arias (que, según anunció la dirección del Teatro, se verá en la próxima tempora da). Las soluciones a medio camino entre la régie y la versión lisa y llana de concierto son muy proclives a la trivialidad, aunque en este caso el logro de la escena consiste precisamente en no haber quedado a mitad de camino entre una cosa y otra sino en haber tomado su propio rumbo.

No hay ninguna alusión a un ambiente inca, turco o salvaje, ni tampoco una simulación del entorno del compositor Rameau o de la París del siglo XVIII. La escena se ha desplazado a un punto incierto. El ambiente es de salón, con cuatro sillones en torno de los cuales se desarrollan las acciones principales. La luz y el vestuario dan un tono nocturno. Aunque a duras penas puede hablarse de "vestuario"; es como si alguien simplemente hubiera dicho, aunque seguro no fue así: "Traigan lo que quieran, pero que sea negro".

La orquesta está más elevada de lo normal, ligeramente por debajo del nivel del escenario. El coro también se eleva sobre unas gradas laterales, a cada lado de la escena. El conjunto del reparto espera su turno sentado distendidamente en el fondo de la escena. Unos pocos movimientos remedan abstractamente el intercambio de posiciones del ballet clásico. Todo parece un poco flojo, distendido. En algún momento los cantantes del fondo fuman o hacen que fuman. La atmósfera resulta extraña y convincente al mismo tiempo.

Pero la descontracción general de la escena está sostenida por la precisión de la parte musical; de la orquesta, el coro y los solistas, que forman uno de los repartos más brillantes y parejos que se hayan oído en mucho tiempo. Este reparto cuenta con algunos lujos, comenzando por la soprano francesa Isabelle Poulenard (en los roles de Hébé y Phani), una de las grandes figuras actuales del repertorio barroco y cantante exquisita; y siguiendo por otra soprano francesa, Marie-Louise Duthoit, en el papel de Fátima, además del finísimo tenor chileno Cristián Carrasco como el príncipe Tacmas y de los argentinos Graciela Oddone (Emilie y Zima) y Pablo Pollitzer (Don Carlos).

La orquesta y el coro no provienen del Colón. Sin la homogeneidad del Elyma, el ensamble estable del director Garrido, esta Orquesta Cisplatina es un buen seleccionado armado con varios músicos de la Orquesta Barroca del Rosario, de donde proviene el concertino Rodolfo Marchesini, más algunas guías expertas como Diana Baroni (flauta), Jorge Lavista (clave) o Andrea De Carlo (viola da gamba).

Más allá de los ocasionales desajustes de las trompetas, el rendimiento fue muy alto. Los buenos instrumentistas barrocos no sólo imitan estremecedoras tormentas o erupciones de volcán, sino también las más sutiles inflexiones de las voces: las flautas de Baroni y Gabriel Pérsico lo realizaron admirablemente. En cuanto a la dirección general de Garrido, los tiempos elegidos (más bien rápidos) y los recursos expresivos puestos en juego provienen de un barroco menos áulico y pomposo, como si esa fábula sobre el amor intercontinental quisiera desarrollarse efectivamente por fuera de la Francia cortesana.

Federico Monjeau, Clarin, Viernes 18 de octubre de 2002
Personalidades, acontecimientos, documentos, entrevistas y articulos de las personaliades mas relevantes de la Argentina en los ambitos profesionales, empresariales, deportivos, cientificos y culturales
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