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Entrelíneas / Autoritarismo campero


Guarany traiciona su propia historia con sus declaraciones

«Si el vino viene, disculpe Sr. Guarany, no viene la vida, sino este tipo de declaraciones altisonantes e insostenibles. Nadie, ni ebrio ni dormido, como decía Mariano Moreno, debería desconocer que el nombre del Teatro Colón resuena a la par de las principales salas líricas del mundo.»

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Sería altamente saludable para él y para toda la comunidad que Horacio Guarany mantuviese firmemente apretados los labios cuando no canta. De lo contrario, el Viejo Vizcacha hosco que suele componer públicamente seguirá jugándole malas pasadas que, inclusive, traicionan su propia historia de persecuciones, exilios y sufrimientos.
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El Sr. Guarany gusta jugar con fuego ante los medios y, por lógica, termina chamuscado. Pero, si todavía supone ser un hombre de bien, debería revisar sus exabruptos de los últimos días y retractarse virilmente lo antes posible.
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A propósito del recital que brindará el próximo viernes en el Luna Park con su coterránea Soledad Pastorutti, el cantautor nacido en los ásperos obrajes del Chaco santafecino cuando reinaba con mano más que firme La Forestal incursionó ante el diario Clarín con el riesgoso deporte que más le gusta practicar: irse de boca.


"Yo cerraría el Teatro Colón -asestó con modales afectados de gaucho maula-; todo ese dinero que cuesta mantenerlo para alegrar la vanidad de unos cuantos panzones, millonarios, ricachones -pequeña digresión: ¿y por casa cómo andamos, estimado Sr. Guarany?-, lo usaría para que se den conciertos populares en todas las provincias y se aplique el federalismo cultural. Y el Colón lo cerraría hasta que haya mucha plata... ¡o hasta que los ricachones, bacanes, abonados, que quieran ver un espectáculo, lo paguen ellos! ¡Porque ahora los paga el pueblo! ¡El hambre cultural no está en el Barrio Norte!"
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Si toda la energía desplegada en esta sarta de disparates, prejuicios jurásicos y preocupantes pulsiones autoritarias fuese canalizada por caminos un tanto más edificantes, el Sr. Guarany sería un faro poderoso que iluminaría las actuales oscuridades con sus sabias opiniones, un consejero lúcido que nos enseñaría cómo sacudirnos la escoria que nos mantiene sumergidos y hediondos. En cambio, el Sr. Guarany parece resuelto a ser parte sustancial de esta última, y no oro en polvo como la sociedad le demanda para no malograr su bien ganada popularidad como indiscutible figura del folklore argentino.
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El Sr. Guarany sangra tanto por la herida que se autoinfligió que ni siquiera presiente la gravedad de su patético analfabetismo informativo.
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Como sucede periódicamente -la misma polémica tuvo lugar con idéntica virulencia hace treinta años-, cuando el Teatro Colón, de manera excepcional, abre sus puertas selectivamente a unas pocas figuras ajenas a sus especialidades lírica, clásica y de ballet, el recurso se vuelve contraproducente: automáticamente el campo de la música popular se crispa exigiendo un espacio más generoso y constante con sus artistas, y malinterpretan en la negativa un desdén inaceptable.


El Colón, en lo suyo, y sin salvar ninguna distancia, tiene la misma especificidad que una peña folklórica: nada impide que en esta última irrumpa de tanto en tanto un tenor o un cuarteto de violonchelos, pero necesariamente será una excepción a la regla. A nadie se le ocurre, por ejemplo, reclamar al estadio de River Plate porque le da más espacio a su rutina futbolera que a recitales multitudinarios como el que ofreció el último miércoles Red Hot Chili Peppers.
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Se trata, nada más y nada menos, que de ejercer el sentido de la oportunidad (tan ligado, por otra parte, al sentido común): es técnicamente posible, por caso, que la Orquesta de Dresden, que acaba de cerrar tan magníficamente la temporada del Mozarteum, se presentara en algunos de los enormes espacios dedicados a la música bailantera, pero... ¿tendría sentido? Quizá sí, alguna vez, para un intercambio enriquecedor y novedoso entre culturas tan diferentes. Pero no siempre.

Ya bastante le cuesta al Teatro Colón mantener en alto sus especificidades como para ampliar aún más sus focos de interés.

Las permanentes luchas internas que campean en esa casa y cierta ostensible mala voluntad que tienen algunas áreas para recibir artistas ajenos a su ámbito no deberían nublarles a éstos el entendimiento.

El peor y más perverso daño, entre tantos otros, que ocasiona la censura entre sus víctimas es el de inocularles, en no pocos casos, sus propios mecanismos. Cuando al Sr. Guarany le sale desde lo más oscuro de sus entrañas "cerrar el Colón", se hermana sin querer con quienes en su momento lo pusieron en listas negras y lo persiguieron violentamente.
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Al hablar de "todo ese dinero que cuesta mantenerlo", desconoce que los propios habitués del Colón abonan altísimas entradas.
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Eso no es lo peor: su mirada sesgada de lo que es el pueblo niega la variedad de clases sociales, edades y apariencias físicas que se ven en sus conciertos gratuitos o a dos pesos o en las bandejas superiores de cualquiera de sus espectáculos.
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Cuando el Sr. Guarany habla de aplicar el presupuesto del Colón al "federalismo cultural", ¿ignora que no pocos de los integrantes de sus elencos estables provienen del interior, vuelven al mismo o triunfan por el mundo?
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Si el vino viene, disculpe Sr. Guarany, no viene la vida, sino este tipo de declaraciones altisonantes e insostenibles. Nadie, ni ebrio ni dormido, como decía Mariano Moreno, debería desconocer que el nombre del Teatro Colón resuena a la par de las principales salas líricas del mundo.
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El Sr. Guarany decreta, desde su inquietante autoritarismo campechano, que "el hambre cultural no está en el Barrio Norte". Su reloj ideológico atrasa y huele a naftalina. Frente a declaraciones como las suyas, no hay "hambre cultural" posible: el estómago se cierra indefectiblemente.
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Es posible, claro, que el Sr. Guarany, siempre tan camorrero y juguetón, no crea ni él mismo lo que ha dicho. En ese caso, sería aún más grave: no puede desconocer la mala influencia que generará entre muchos que sí lo tomarán en serio.
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Si se calla el cantor... sería tantísimo mejor.
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Por Pablo Sirvén,
La Nacion, 20 de octubre de 2002

Personalidades, acontecimientos, documentos, entrevistas y articulos de las personaliades mas relevantes de la Argentina en los ambitos profesionales, empresariales, deportivos, cientificos y culturales
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