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Sería
altamente saludable para él y para toda la comunidad que Horacio
Guarany mantuviese firmemente apretados los labios cuando no canta. De
lo contrario, el Viejo Vizcacha hosco que suele componer públicamente
seguirá jugándole malas pasadas que, inclusive, traicionan
su propia historia de persecuciones, exilios y sufrimientos.
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El Sr. Guarany gusta jugar con fuego ante los medios y, por lógica,
termina chamuscado. Pero, si todavía supone ser un hombre de bien,
debería revisar sus exabruptos de los últimos días
y retractarse virilmente lo antes posible.
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A propósito del recital que brindará el próximo viernes
en el Luna Park con su coterránea Soledad Pastorutti, el cantautor
nacido en los ásperos obrajes del Chaco santafecino cuando reinaba
con mano más que firme La Forestal incursionó ante el diario
Clarín con el riesgoso deporte que más le gusta practicar:
irse de boca.
"Yo cerraría el Teatro Colón -asestó con modales
afectados de gaucho maula-; todo ese dinero que cuesta mantenerlo para
alegrar la vanidad de unos cuantos panzones, millonarios, ricachones -pequeña
digresión: ¿y por casa cómo andamos, estimado Sr.
Guarany?-, lo usaría para que se den conciertos populares en todas
las provincias y se aplique el federalismo cultural. Y el Colón
lo cerraría hasta que haya mucha plata... ¡o hasta que los
ricachones, bacanes, abonados, que quieran ver un espectáculo,
lo paguen ellos! ¡Porque ahora los paga el pueblo! ¡El hambre
cultural no está en el Barrio Norte!"
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Si toda la energía desplegada en esta sarta de disparates, prejuicios
jurásicos y preocupantes pulsiones autoritarias fuese canalizada
por caminos un tanto más edificantes, el Sr. Guarany sería
un faro poderoso que iluminaría las actuales oscuridades con sus
sabias opiniones, un consejero lúcido que nos enseñaría
cómo sacudirnos la escoria que nos mantiene sumergidos y hediondos.
En cambio, el Sr. Guarany parece resuelto a ser parte sustancial de esta
última, y no oro en polvo como la sociedad le demanda para no malograr
su bien ganada popularidad como indiscutible figura del folklore argentino.
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El Sr. Guarany sangra tanto por la herida que se autoinfligió que
ni siquiera presiente la gravedad de su patético analfabetismo
informativo.
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Como sucede periódicamente -la misma polémica tuvo lugar
con idéntica virulencia hace treinta años-, cuando el Teatro
Colón, de manera excepcional, abre sus puertas selectivamente a
unas pocas figuras ajenas a sus especialidades lírica, clásica
y de ballet, el recurso se vuelve contraproducente: automáticamente
el campo de la música popular se crispa exigiendo un espacio más
generoso y constante con sus artistas, y malinterpretan en la negativa
un desdén inaceptable.
El Colón, en lo suyo, y sin salvar ninguna distancia, tiene la
misma especificidad que una peña folklórica: nada impide
que en esta última irrumpa de tanto en tanto un tenor o un cuarteto
de violonchelos, pero necesariamente será una excepción
a la regla. A nadie se le ocurre, por ejemplo, reclamar al estadio de
River Plate porque le da más espacio a su rutina futbolera que
a recitales multitudinarios como el que ofreció el último
miércoles Red Hot Chili Peppers.
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Se trata, nada más y nada menos, que de ejercer el sentido de la
oportunidad (tan ligado, por otra parte, al sentido común): es
técnicamente posible, por caso, que la Orquesta de Dresden, que
acaba de cerrar tan magníficamente la temporada del Mozarteum,
se presentara en algunos de los enormes espacios dedicados a la música
bailantera, pero... ¿tendría sentido? Quizá sí,
alguna vez, para un intercambio enriquecedor y novedoso entre culturas
tan diferentes. Pero no siempre.
Ya bastante le cuesta al Teatro Colón mantener en alto sus especificidades
como para ampliar aún más sus focos de interés.
Las permanentes luchas internas que campean en esa casa y cierta ostensible
mala voluntad que tienen algunas áreas para recibir artistas ajenos
a su ámbito no deberían nublarles a éstos el entendimiento.
El peor y más perverso daño, entre tantos otros, que ocasiona
la censura entre sus víctimas es el de inocularles, en no pocos
casos, sus propios mecanismos. Cuando al Sr. Guarany le sale desde lo
más oscuro de sus entrañas "cerrar el Colón",
se hermana sin querer con quienes en su momento lo pusieron en listas
negras y lo persiguieron violentamente.
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Al hablar de "todo ese dinero que cuesta mantenerlo", desconoce
que los propios habitués del Colón abonan altísimas
entradas.
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Eso no es lo peor: su mirada sesgada de lo que es el pueblo niega la variedad
de clases sociales, edades y apariencias físicas que se ven en
sus conciertos gratuitos o a dos pesos o en las bandejas superiores de
cualquiera de sus espectáculos.
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Cuando el Sr. Guarany habla de aplicar el presupuesto del Colón
al "federalismo cultural", ¿ignora que no pocos de los
integrantes de sus elencos estables provienen del interior, vuelven al
mismo o triunfan por el mundo?
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Si el vino viene, disculpe Sr. Guarany, no viene la vida, sino este tipo
de declaraciones altisonantes e insostenibles. Nadie, ni ebrio ni dormido,
como decía Mariano Moreno, debería desconocer que el nombre
del Teatro Colón resuena a la par de las principales salas líricas
del mundo.
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El Sr. Guarany decreta, desde su inquietante autoritarismo campechano,
que "el hambre cultural no está en el Barrio Norte".
Su reloj ideológico atrasa y huele a naftalina. Frente a declaraciones
como las suyas, no hay "hambre cultural" posible: el estómago
se cierra indefectiblemente.
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Es posible, claro, que el Sr. Guarany, siempre tan camorrero y juguetón,
no crea ni él mismo lo que ha dicho. En ese caso, sería
aún más grave: no puede desconocer la mala influencia que
generará entre muchos que sí lo tomarán en serio.
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Si se calla el cantor... sería tantísimo mejor.
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Por Pablo Sirvén, La
Nacion, 20 de octubre de 2002
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