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El Teatro Colón, convertido sólo en una atractiva escenografía

No siempre es el ámbito adecuado para los artistas que alberga

TeaTro Colon

Hace exactamente dos semanas, un Teatro Colón rebosante de público y de entusiasmo vivió una tarde de fiesta con la inusual presencia de Memphis La Blusera. Y no faltó quien notara el extraordinario valor simbólico de la forma en que el grupo accedió al escenario para actuar junto a la Orquesta Sinfónica Nacional, ascendiendo desde el foso por un mecanismo levadizo hasta situarse a la altura de los músicos dirigidos por Gerardo Gandini. Minutos más tarde, un conmovido Adrián Otero ilustró ese gesto con palabras, al hablar de la música de la calle que llegaba a un lugar que orgullosamente nos pertenecía a todos, sin excepción.
Para los integrantes de Memphis seguramente no fue una tarde más. Seguramente no se pareció a ninguno de los 2800 shows que llevan ofrecidos en 24 años de actividad. Pero sus entusiastas seguidores, muchos de los cuales deben haber visitado el Colón por primera vez en esa ocasión, vivieron la ocasión con el mismo ánimo celebratorio con el que reciben cada presentación del grupo blusero.
Contagiados por ese espíritu, es posible que pocos se hayan detenido, durante la pausa que transcurrió entre la primera parte (integrada exclusivamente por un repertorio sinfónico a cargo de la orquesta) y la presentación de Memphis, en un mensaje que llegó a todo el público a través de los altavoces. En él, la Secretaría de Cultura de la Nación, organizadora del encuentro, se propuso hacer notar que el Teatro Colón era reconocido y admirado por tratarse de la sala con mejor acústica del mundo.
Lo paradójico llegó inmediatamente después, cuando la poderosa amplificación de los instrumentos eléctricos de Memphis tapó casi completamente el sonido de la Orquesta Sinfónica Nacional e impidió que se apreciaran los arreglos preparados especialmente por Carlos Cutaia. En el intervalo, la misma voz en off que hablaba de la inmejorable acústica del Colón anunciaba que la orquesta regresaría al escenario, acompañada por un artista invitado, Memphis La Blusera.

Lo que se vio después fue, simplemente, otra de las clásicas actuaciones del grupo (de ribetes extraordinarios, vale subrayar, pero sólo por el lugar en donde se realizaba) con una orquesta casi inaudible detrás. La fiesta fue genuina y completa, pero el sentido último del encuentro quedó en definitiva frustrado, al igual que el esfuerzo musical que quiso retratarlo.

Lo ocurrido durante el segundo momento del Ciclo de Conciertos Populares que la Secretaría de Cultura de la Nación propuso para el Colón durante este año ilustra inmejorablemente algunas reflexiones aparecidas hace unas semanas en estas páginas con la firma de Martín Liut. Por un lado, la intención de los responsables de la política cultural oficial de despojar al Colón de su aparente acento elitista y de incrementar la cantidad de funciones con artistas locales, entre otras iniciativas mediante una actitud más abierta hacia los artistas populares.
Pero por otro lado, el concierto de Memphis corrobora otra tendencia, la que lleva a los artistas no surgidos de la lírica a acudir a ese anhelado espacio de consagración que significa el Colón con sus propias armas y "sin aprovechar -observa Liut- una de sus mayores y apreciadas virtudes a nivel mundial: la inigualable acústica que hace innecesario usar amplificación alguna".


La presentación del grupo folklórico Los Nocheros, prevista en un comienzo para esta noche, fue suspendida a raíz de los desmanes que se produjeron en el Colón el 25 de mayo último, durante la actuación del bailarín Maximiliano Guerra, provocados por un grupo de manifestantes que ingresó en la sala con pancartas y volantes. Esa misma noche, Charly García se presentó por primera vez en el Colón, donde interpretó su versión del Himno Nacional. Y también tuvo lugar en ese escenario un homenaje e Atahualpa Yupanqui con motivo de haberse cumplido diez años de su fallecimiento (con la presencia de Ariel Ramírez y Mercedes Sosa, entre otros).

De continuar así las cosas, es posible que todos los intérpretes de fuste, sin distinción de género, se propongan reivindicar el derecho de vivir legítimamente su propia noche consagratoria en el Colón y que, al mismo tiempo, la sala siga abriendo sus puertas a los artistas populares -como lo hace, vale subrayarlo, casi desde su inauguración en 1908- sin poder ofrecerles ni a ellos ni al público el aprovechamiento de algunas de sus máximas cualidades como teatro.
Hasta quienes ven con buenos ojos la apertura paulatina del Colón hacia expresiones musicales ajenas a la lírica no dejan de hacer notar que tal perspectiva no hará más que convertir al teatro en un mero y vistoso soporte escenográfico para un desfile desordenado de figuras que, paradójicamente, no encontrarán en la sala acústicamente mejor dotada del país ni siquiera un espacio apropiado para lucir sus mejores posibilidades.


Por Marcelo Stiletano

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