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""¡Al
Colón, al Colón!" Cada vez que un músico, sin
importar el género o la estética sonora que cultive, acumula
elogios y admiración por su arte no falta quien lance el grito
que, en la Argentina, es sinónimo de pedido de acceso a la máxima
consagración.
Es que el casi
centenario Teatro Colón mantiene en el imaginario colectivo nacional
una especie de monopolio simbólico para -como define la Real Academia-
"conferir a alguien o algo fama o preeminencia en determinado ámbito
o actividad".
El Colón,
entonces, consagra a los músicos, más allá de que,
en su origen, haya sido construido con un fin específico: la ópera.
Lo cierto es que, desde hace mucho tiempo, acceder al escenario ubicado
frente a la tradicional sala con forma de herradura es un acontecimiento
anhelado no sólo para los músicos y compositores vinculados
con los diferentes géneros que abarca la música "académica"
o "culta", sino también a los más diversos artistas
populares, del tango y el folklore y hasta del rock nacional. Algo que,
por la fuerza de los hechos, ya se hizo una costumbre, más allá
de alguna polémica ocasional. De Daniel Barenboim a Astor Piazzolla;
de Fito Páez a Virginia Tola.
*
* *
El teatro que
salió de los bocetos sucesivos de los arquitectos Francisco Tamburini
y Víctor Meano y que el belga Julio Dormal transformó en
realidad tangible en 1908 es una sala para la realización de espectáculos
líricos, construida a imagen y semejanza de la Scala de Milan.
Eso sí: acorde con la opulencia y las expectativas de grandeza
que la Argentina del centenario abrigaba, la versión criolla del
teatro italiano incrementó el lujo y el tamaño de su modelo
original.
En un tiempo en
que la ciencia acústica se basaba más que nada en la intuición
y el empirismo podría haber sido una catástrofe. Sin embargo,
el milagro se produjo: la sala del Colón, inaugurada con la representación
de "Aída", de Verdi, el 25 de mayo de 1908, tenía
una capacidad para dejar fluir la música cercana a la perfección.
En este punto
no está de más insistir en que lo que permite esta maravillosa
acústica es que desde casi todas las butacas del Colón se
puede escuchar a la perfección la unión de voces e instrumentos,
sin mediar amplificación. Así, lo que los pulmones, cuerdas
vocales y resonadores corporales de los cientos de cantantes célebres
produjeron y producen se propaga a través del aire de la sala,
para luego decodificarase como mágico sonido y arte musical sin
ninguna mediación "eléctrica" en cada uno de los
asistentes.
Por eso, en términos
puramente sonoros, la utilización de micrófonos y amplificadores
en una sala que permite no utilizarlos es desaprovechar una cualidad poco
frecuente en las salas que hay en la ciudad y seguir ayudando a que la
audición musical directa sea cada vez más una rareza.
El viejo recelo
de los amantes de la música clásica en cuanto al ingreso
de artistas populares al "sagrado recinto" de la lírica
tuvo en este aspecto su objeción más sólida, ya que
el derecho a sonar de la música bien hecha en cualquier espacio
público (el Colón es un teatro perteneciente a la Ciudad
de Buenos Aires) no admite demasiadas discusiones.
Pero tal vez un
ejemplo inverso sirva para aclarar un poco la cuestión. Una banda
de rock utiliza instrumentos electroacústicos que fácilmente
pueden funcionar en un espacio al aire libre. En cambio, una orquesta
sinfónica, con alrededor de cien instrumentistas, pierde gran parte
de su enorme paleta de colores, matices y dinámicas sonoras, culpa
del corset de la amplificación (que hace que el sonido que se puede
escuchar en una sala de conciertos se comprima, en el mejor de los casos,
a la calidad de una pasable radio FM, y en el peor, a la de una radio
AM con interferencias).
La razón
por la cual los artistas populares suelen tocar "amplificados"
en el Teatro Colón responde en verdad a una lógica estética.
Lo mismo ocurre con la técnica vocal que pone en juego un cantante
lírico. Esta no es producto de un capricho manierista sino de una
necesidad: hacerse oír en tiempos en los que la amplificación
no existía, mientras lo acompañaba casi un centenar de instrumentistas
en una ópera del siglo XIX. Se sabe que, por ejemplo, el vibrato
amplio de los cantantes líricos es una de las pistas para que nuestro
oído pueda discriminar la voz dentro de un contexto sinfónico-lírico.
A la inversa, un cantante de folklore, tango o rock, que no necesita hacer
fuerza para hacerse oír, pudo desarrollar un modo de cantar totalmente
diferente. Por eso es casi imposible para un cantante popular lograr que
su voz "llene" los miles de metros cúbicos del Colón
sin micrófono. Del mismo modo, un micrófono parece derretirse
ante el exceso de caudal sonoro de un tenor.
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En el recientemente
finalizado IV Festival de Tango de la Ciudad de Buenos Aires, el Teatro
Colón volvió a ser la sede para el merecido homenaje y la
consagración de músicos notables, como el compositor, violinista
y bandoneonista Emilio Balcarce, el bandoneonista Julio Pane, el acordeonista
Hildo Patriarca y el guitarrista Juanjo Domínguez. Y, como ya ocurrió
con otros tantos homenajes, se apeló a la amplificación.
El hábito, la estética, hizo que no se aprovechara la cualidad
sonora del Colón. Pero lo cierto es que, en estos casos, tal vez
esto no sea lo más importante.Un Hildo Patriarca emocionado dijo
que esa noche era la más importante de su vida. Y probablemente
lo haya sido. Pero no porque haya accedido a la sala en la que habitualmente
se interpreta música culta o "elevada", sino porque,
en Buenos Aires, no hay ninguna otra sala como la del Colón. Lo
que permite, una vez más, remarcar la paradoja: ésta es
una ciudad productora de mucha música y músicos notables,
que cuenta con muy pocos espacios adecuados para disfrutarla.
La
Nacion, Martín Liut, 17
de marzo de 2002
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