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A
más de un año de su anterior visita como director de Lady
Macbeth en el distrito de Mtsensk, la ópera de su admirado Shostakovich,
Mstislav Rostropovich se encuentra de nuevo en Buenos Aires, esta vez para
tocar con la Camerata Bariloche. Hoy a las 20.30, en el Colón, el
músico dará su segundo y último concierto para el Mozarteum.
El
violonchelista (y notable pianista, además de director) es un conspicuo
ejemplo de esa figura propia del siglo XX, la del virtuoso instrumental
devenido una celebridad humanística que trasciende su oficio como
músico, como Pablo Casals o Yehudi Menuhin.
Nacido
en Bakú, Azerbaiján, en 1927, se formó en la escuela
rusa, una de las grandes tradiciones y viveros musicales del mundo. En
1970 dirigió una carta abierta al entonces premier soviético,
Leonid Brezhnev, repudiando la persecución de la que era objeto
el escritor Alexander Solyenitzin y las restricciones vigentes a la libertad
de expresión en la URSS.
Ese
acto le deparó la cancelación de sus giras, grabaciones
y conciertos tanto en su país como en el exterior, hasta que en
1974 logró emigrar. Volvió a tocar en Rusia recién
en 1990, al frente de la National Symphony Orchestra de Washington. Entonces
le fueron devueltos la ciudadanía soviética y los premios
y honores que había merecido hasta la sanción de Brezhnev.
Rostropovich
no sólo grabó prácticamente todo el repertorio chelístico,
sino que también enriqueció su literatura a través
de las obras que le fueron dedicadas por nada menos que sus amigos Britten,
Prokofiev, Penderecki, Bernstein, Lutoslawski, Landowski, Dutillieux,
Walton y Piazzolla. Aunque para sus dos conciertos en Buenos Aires, el
músico ha elegido un repertorio bien clásico: Adagio y Fuga
en Do menor de Mozart, Sonata Nø 3 de Rossini, Concierto en Sol
Mayor de Vivaldi, Serenata Op. 10 de Dohnányi y Concierto en Do
mayor de Haydn
Clarin,
Jueves 6 de junio de 2002

Requerido por todos: su agenda está completa
hasta 2006
Dos noches con Rostropovich
El brillante músico está en Buenos Aires para ofrecer, hoy
y mañana, sendos conciertos en el Colón, incluidos en el
ciclo del Mozarteum
En 2000 fue consagrado por varias publicaciones musicales internacionales
como uno de los diez mejores intérpretes del siglo XX
Aquí tocará con la Camerata Bariloche
Si
el clima entendiera de ofrendas, de merecimientos y de respetos, tendría
que haber presentado su mejor aspecto para recibir a Mstislav Rostropovich.
Muy por el contrario, cuando el avión que lo traía desde
Londres arribó a Ezeiza, era el momento de mayor esplendor de esa
niebla espesa, impenetrable y pegajosa que el lunes último por
la mañana se instaló sobre Buenos Aires. El chelista, a
pesar del retraso que la bruma le ocasionó, tan sólo algunas
horas después del largo viaje, recibió a LA NACION con su
consabida sonrisa, tan natural como las nieblas de junio, y con su conocida
buena disposición para con el periodismo, actitud no demasiado
frecuente en músicos de su envergadura.
Rostropovich
pertenece a esa pléyade de artistas que, como Picasso, Chaplin,
Borges o Fellini, no requieren de pormenores biográficos o de reseñas
curriculares para su presentación. Con todo, y tal vez sólo
dar una pauta de su dimensión, cabe recordar que en el año
2000, cuando la humanidad decidió dirigir las miradas hacia atrás
para evaluar el ciclo concluido, varias publicaciones musicales internacionales
realizaron encuestas, a lo largo de todo el planeta, para establecer quiénes
habían sido los intérpretes más logrados del siglo
que se acababa. En todas ellas, entre los diez primeros, junto a otros
infaltables como Sviatoslav Richter, Vladimir Horowitz, David Oistrach
o Yehudi Menuhin estuvo Rostropovich. Con un agregado. Los otros notables
están ya todos fallecidos. Por lo cual no es equivocado afirmar
que, en estos momentos, Slava, como lo llaman sus amigos, es el músico
más glorioso de la actualidad.
El
chelista y director recibió a este cronista mientras leía
su agenda de actividades para este corto viaje que lo ha traído
hasta la Argentina para tocar dos conciertos en el Colón con la
Camerata Bariloche, hoy y mañana, dentro del ciclo del Mozarteum
Argentino. Rostropovich contesta con respuestas largas, generosas, atiborradas
de información y de precisiones milimétricas. La simple
consulta sobre su actividad reciente, por ejemplo, es motivo de un larguísimo
monólogo. "He estado un tanto ocupado últimamente.
El 11 de mayo finalizó un festival en Chicago dedicado a Benjamin
Britten. Fue el segundo que organizamos. El del año pasado fue
para Dmitri Shostakovich y el próximo, que tendrá lugar
sólo en 2004, será para Sergei Prokofiev. Cada día
me interesan más estos festivales integrales. Usted sabe, yo soy
un tanto loco y ya comencé a celebrar acuerdos hasta fechas tan
distantes como 2006. Por ejemplo, en Viena, habrá un festival mío
que comenzará con el "Réquiem de guerra", de Britten.
Cuando firmé el contrato, les dije que no teman que yo de todas
maneras voy a estar ahí. O lo voy a dirigir o lo voy a escuchar
junto a Benjamin.
-Maestro,
¿qué significa un "festival mío"?
-Que
yo formo parte de todo. Voy a tocar, voy a dirigir, voy a determinar el
repertorio y también quiénes serán los músicos
que me acompañarán. En marzo de 2003, por ejemplo, haremos
uno de estos festivales en Nueva York que se extenderá por tres
semanas y que, además de música sinfónica, también
incluirá música de cámara. Haremos sonatas para chelo
y piano, tríos y cuartetos. Tengo mi propio comando de compañeros
para estas obras. En el festival del año pasado, en Chicago, tocamos
varios cuartetos de Shostakovich con Maxim Vengerov, el violista Yuri
Bashmet y con el concertino de la orquesta de la ciudad como segundo violín.
Para este acontecimiento del próximo año, las obras que
requieran piano contarán con la presencia de Martha Argerich.
-Hubo
un tiempo en el cual usted también demostró su arte tocando
el piano a cuatro manos junto a Britten o acompañando a su esposa.
¿Por qué no aparece en esta actividad en sus festivales?
-Le
voy a contar una historia. En 1983, después de que yo había
grabado el disco con mi esposa (la notable soprano Galina Vishnevskaya),
una cantante muy conocida me pidió que la acompañara en
el piano. Le pregunté a Galina sobre el asunto y su respuesta fue
contundente: "Dile a la cantante y a todos los demás que den
las gracias que yo te permito dirigir ópera". Desde ese momento,
entendí claramente que mi carrera como pianista acompañante
había finalizado y que no iba a poder tocar en público ni
una sola nota más. A cambio de eso, con Galina, hemos festejado
47 años de matrimonio y no le quepa ninguna duda de que nada hubiera
sido mejor que continuar con nuestra vida en común.
-¿Qué
hizo desde el 11 de mayo hasta ahora?
-Todo
fue complicado. Después de Chicago, debía estar el 12 en
Río de Janeiro para los ensayos de "Romeo y Julieta",
de Prokofiev. Pero justo se comunicó conmigo Nancy Reagan y me
informó que el 15 de mayo le iban a entregar una condecoración
a su marido en el Congreso. Yo no me puedo olvidar que de todos los presidentes
de Estados Unidos, nadie me trató con mayor calidez que él.
Ella me pidió que tocara en esa ceremonia. Envié a mi asistente
a Brasil para comenzar los ensayos y yo me quedé en Estados Unidos
para tocar el Concierto para chelo de Haydn en Washington. El 16 viajé
a y dirigí cuatro funciones del ballet. Se suponía que,
desde Rio llegaría a Buenos Aires. Pero ahí sucedió
otra cosa. Me llamaron de Londres y me contaron que habían decidido
festejar mis 75 años con un concierto en mi homenaje. Pero, ya
que iba a estar en Londres, me invitaron a participar en los festejos
por el cincuentenario de la coronación de la reina Isabel. En definitiva,
viajé desde Río el 29, hice una escala en París y
el 30 ya estaba en Inglaterra. Y ahí, no me olvidé de América
latina porque reuní un gran ensamble de chelistas e hicimos la
Bachianas Brasileiras N°1 de Villa-Lobos.
-Usted
ha manifestado en reiteradas oportunidades que Britten, Shostakovich y
Prokofiev son sus tres ídolos. ¿Cómo hace para trasladarse
a territorios tan distantes como los de Haydn o Vivaldi?
-Primero
le quiero decir que estos tres compositores son tan diferentes entre sí
que no me puedo imaginar mi vida limitada a uno solo de ellos. "Romeo
y Julieta" es el mejor ballet de todos los tiempos. Las sinfonías
de Shostakovich, o la ópera "Lady Macbeth", no tienen
igual. Y creo, como Shostakovich, que el "Réquiem de guerra"
es la obra más grande del siglo XX. Y pasar de ellos a Haydn o
a Vivaldi es maravilloso y absolutamente natural. Cuando comemos pasamos
de los arenques a los dulces y disfrutamos de ambos. Para mí es
un placer inmenso tocar un concierto de Vivaldi o de Haydn. Además,
cuando me preguntan qué es lo que más amo interpretar, mi
contestación es siempre la misma: lo que estoy haciendo en ese
preciso instante, sea un concierto para chelo Vivaldi o una sonata de
Prokofiev. En ese momento, nada puede ser superior. Y, por supuesto, lo
toco sintiendo que esta vez va a ser la mejor de todas.
-Aunque
es difícil imaginarlo a usted sin tocar o dirigir, ¿qué
es lo que hace en esas ocasiones?
-Después
de meditar un rato, se acusa a sí mismo por no haber traído
la folletería que ilustra su otra actividad. "Con mi esposa
hacemos todo lo que podemos por ayudar a los niños. Hace diez años
establecimos la Fundación Vishnevskaya-Rostropovich con la que,
hasta 2004, tenemos garantizada la vacunación en Rusia de 1.000.000
de niños. Ya tenemos prevista la continuación del emprendimiento
con otras 2.000.000 de dosis". En este sentido, cabe recordar la
actitud solidaria de Rostropovich cuando, hace poco más de una
década, vino a Buenos Aires expresamente para tocar el Concierto
para chelo, de Dvorak, en un concierto a beneficio del Hospital de Niños
Ricardo Gutiérrez. "Yo recuerdo muy bien ese hospital y voy
a tratar de hacerme un tiempo para ir a visitarlo."
La
conversación incluyó también los nombres de compositores
como Rodion Schedrin, Sofia Gubaidulina, Alfred Schnittke y Dmitri Smirnov,
quienes han creado obras para él, y el de Krysztof Penderecki,
que le está escribiendo un concierto que estrenará en Viena
en 2004. Por último, antes de ir a ensayar con los músicos
de la Camerata Bariloche dice lo que aún le falta hacer en la Argentina.
"Me encantaría poder dirigir `´Romeo y Julieta´,
de Prokofiev, en un parque grande, muy abierto, para que mucha gente pueda
disfrutar del ballet". Y agrega que ama profundamente la Argentina
y que sufre mucho por lo que está pasando.
Al
final, con suma amabilidad, complace al fotógrafo y trae su chelo,
sin ningún apuro, despide a este cronista con palabras sumamente
cordiales y se va disponiendo mentalmente para el primer ensayo con la
Camerata Bariloche. El resultado de la reunión de la mejor agrupación
de cámara de la historia de Argentina y del músico más
admirado del planeta, seguramente óptimo, es el que se podrá
apreciar esta misma noche.
Pablo
Kohan,
La
Nacion , miercoles 5 de junio de 2002

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