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Verdi
en el Luna Park
"La
traviata", ópera de Verdi, con Patricia Gutiérrez, Carlos Vittori, Luis
Gaeta y elenco. Régie: Daniel Suárez Marzal. Dirección: Mario de Rose.
Luna Park |
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Apenas
una ópera sale de un teatro lírico y aterriza sobre otro tipo de terrenos,
comienzan a dispararse todos los resquemores, las dudas acuden al galope
y los preconceptos se abalanzan sobre cualquier comentario u opinión supuestamente
especializada: los micrófonos sólo sirven para achatar cualitativamente
a las voces, la amplificación de la orquesta no puede ser satisfactoria,
no hay posibilidades técnicas de utilizar decorados de un modo conveniente,
no hay por qué llevar a Verdi a un estadio de box y muchísimas opiniones
más, casi siempre atendibles pero que, tal vez, sean sólo parciales y
no atiendan a los objetivos generales, tan artísticos y loables como los
que se realizan en cualquier teatro.
La enorme mayoría del público que acudió con sus mejores intenciones y
todas las expectativas al Luna Park para ver esta puesta de "La traviata"
no se acerca al Colón para compartir los mismos sonidos y las mismas voces.
Esta es una cuestión muy conocida y que responde a situaciones largamente
discutidas. Pero además, no hay que olvidar que es imposible e irrealizable
para un emprendimiento privado la puesta de una ópera en el Colón, por
fuera de lo que el mismo teatro organiza. Y para que una ópera sea redituable
o, al menos, para que no ocasione pérdidas, es necesario una espacio que
permita una amplia presencia de público, tal como ocurrió el fin de semana
pasado en el Luna Park.
Aclarado muy mínimamente este punto, y despejadas las dudas con respecto
a posibles animadversiones o prejuicios, hay que dejar en claro también
que esta puesta tuvo muy buenos puntos y otros no tanto. Con un escenario
muy amplio y flanqueado por dos enormes pantallas, en las cuales se podían
ver dos tomas diferentes, muy bien elegidas por cámaras estáticas y móviles,
de lo que acontecía, Suárez Marzal pudo reemplazar de manera imaginativa
y atractiva las limitaciones de un espacio tan enorme como demasiado estático
y sin posibilidades de recambios escénicos. Con todo, en algunos cuadros,
el de Germont y Violeta, por ejemplo, cierta inmovilidad se instaló insalvable.
Tampoco resultó satisfactoria la traducción del libreto en las pantallas
laterales. Era molesto leer las felicidades y las tristezas de Violeta
lejos de donde ella las cantaba. Casi como imaginar ver una película cuyo
subtitulado no apareciera debajo de las imágenes sino en un costado agregado,
por fuera de la pantalla. Por otra parte, el sonido estuvo bastante bien
resuelto, con una digna participación de una orquesta integrada mayormente
por músicos de la Sinfónica Nacional, correctamente dirigidos por De Rose.
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Del elenco, claramente, se destacó Luis Gaeta en su papel del detestable
Germont, cantando y actuando con naturalidad en un buen nivel, el que
se apoya en una larga trayectoria operística, algo que no pueden exhibir
sus compañeros de elenco. Patricia Gutiérrez, con una voz un tanto nasal
y monocorde, una afinación digna y una buena actuación, compuso una "extraviada"
acertada. Vittori, por su parte, sólo pudo exhibir un canto sin desafinaciones
y una voz sin fisuras. Pero alegrías, angustias, maldades o enamoramientos
no pudieron ser descubiertas en una voz absolutamente desprovista de variantes
dramáticas.
Al final, el público demostró su satisfacción. Porque más allá de algunos
reparos, esta apuesta fue hecha con las mejores propósitos y sin escatimar
esfuerzos.
Pablo Kohan,
Revista Noticias, 15 de junio de 2002 |
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