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Hasta
hace poco tiempo era costumbre decir que el teatro Colón era una
isla, aunque probablemente esa metáfora había caducado mucho
antes para una institución en permanente conflicto, y no sólo
gremial: un conflicto, además, entre lo que el teatro pretendía
y lo que efectivamente podía realizar, que llevó a absurdos
como armar una temporada completa sin pagar (durante casi la totalidad
de esa temporada) a los artistas locales, por citar el ejemplo más
escandaloso de una serie de compromisos incumplidos.
Hoy
todo indica que la isla se ha anexado definitivamente al continente. El
fin de la convertibilidad y la reducción presupuestaria modificaron
drásticamente la política de contrataciones que el teatro,
dentro de la agudización de la crisis general, había conseguido
mantener hasta el año pasado.
No
habría que lamentarlo. Es lícita la pregunta sobre si una
sociedad que recibe asistencia en alimentos por parte de toreros españoles
puede aspirar a cierto tipo de accesorios culturales. Tal vez lo más
justo sería una temporada de ópera íntegramente realizada
en versión de concierto, sin escena, aunque esto chocaría
fuertemente con la estructura del teatro, que es una gran estructura de
producción, una especie de ciudad dentro de otra. El desafío
consiste en ajustar la temporada sin que la estructura del teatro quede
completamente ociosa o desarticulada.
El
director Emilio Basaldúa prefiere hablar de una estrategia estética
antes que de una temporada de emergencia. Es comprensible. Una temporada
de emergencia puede significar un intento de imitar lo mejor posible una
temporada normal, en tanto una estrategia estética supone nuevos
enfoques y un mayor margen de decisión. En verdad, hay un poco
de cada cosa, un poco de emergencia y otro de decisión.
La
temporada no abandona un sentido tradicional de equilibrio, con tres apreciados
títulos del repertorio italiano (L ''elisir d ''amore de Donizetti,
La fanciulla de West de Puccini y Don Carlo de Verdi) y el infaltable
número mozartiano (Las bodas de Figaro). Otros títulos evidentemente
surgen de forma más circunstancial. Es el caso de Juana de arco
en la hoguera, el oratorio de Honegger representado en la temporada 2000,
cuya reposición surgió ante la posibilidad de contar con
Marilú Marini en el rol protagónico. Marini finalmente tuvo
problemas de fechas; en vez de cambiar el título, razonablemente
se buscó sustituir a Marini por otra figura atractiva. Y se encontró
a Dominique Sandá, que está radicada desde hace un tiempo
en Buenos Aires. Hay decisiones, hay circunstancias, hay un poco de todo.
Sería insensato pretender un plan maestro.
El
foco no debe centrarse tanto en la elaboración general de la temporada
que sigue en la línea de interés y apertura de los
últimos años (no falta el título barroco en instrumentos
de época: Las Indias Galantes de Rameau en versión de Gabriel
Garrido y su ensemble Elyma), sino en las soluciones que consiga
aportar cada artista en la presente situación. De más está
decir que la escena puede brillar sin lentejuelas ni demasiados accesorios.
Los nombres de Lavelli, Arias, Plate sugieren un brillo de este tipo.
El Colón recurre a ellos, como también a los mejores egresados
de su reserva vanguardista, el Centro de Experimentación. Graciela
Oddone, Víctor Torres, Marcelo Lombardero encabezan una serie de
nombres formados en el CETC, abiertos a un repertorio muy amplio. Un repertorio
de obras y un repertorio de acciones: este año Lombardero será
director de escena en La fanciulla del West y cantante protagónico
en Wozzeck.
En
los últimos años se viene escribiendo y hablando en todas
partes del supuesto fracaso de las vanguardias; pero tal vez las vanguardias
artísticas sean una de las pocas cosas que no han fracasado en
la Argentina
Por Federico Monjeau, Clarin,
Domingo 24 de marzo de 2002
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