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TeaTro Colon

Una ópera tachista

En su polémica versión de Mahagonny, la régie de Jérome Savary recurrió a desechos y cacerolas sin alcanzar impacto estético. En el balance, la sólida interpretación musical de Gerardo Gandini.

Cuando el trío de prófugos (Begbick, Moses y Fatty) hace su pionera irrupción en el primer cuadro de la ópera, la escena de JérÉme Savary no remeda el desierto americano sobre el que se fundará la ciudad de Mahagonny sino que ya está habitada por montañas de chatarra. Hay un audaz contrapunto entre las imágenes del texto y de la escena; pero un contrapunto, para seguir con el término, por movimiento retrógrado, donde el comienzo de la ópera se toca con el final: los desechos se instalan en el nacimiento mismo de la ciudad.

No hay nada que indique que la ciudad de Mahagonny no pueda ser continuamente reinventada o desplazada. En este caso se la ha desplazado a Buenos Aires, y no sin motivos. Hay montañas de chatarra, cirujeo, carteles de venta y alquiler de una ciudad rematada y, sobre el final, una estilizada aparición de cacerolas.

Tal vez la régie cayó en una trampa más de Mahagonny: pensó que la escena iba a resultar significativa por sí sola, que esos carteles y cacerolas iban a suscitar la emoción o la atención del espectador, a establecer un lazo fuerte con el público. El espectador puede pretender exactamente lo contrario: que la escena resulte significativa no gracias a eso sino a pesar de eso. Salvo algunas coreografías, casi todo lo que nos muestra la escena resulta previsible, incluso previsible en el tradicional escenario del Colón. Si esos cacharros son la forma de representar la crisis en ese ecenario, era mejor dejar todo como antes.

La concepción escénica es perezosa. Hay algo de teatro de revistas a gran escala. Sobre ese fondo de chatarra se suceden los números un poco desprolijamente, sin que una cosa se recorte demasiado de la otra. No se ve un diseño, sino ocurrencias. Tal vez la iluminación, fija y uniforme, es parte del problema. Por eso es atractiva la aparición de un desopilante y extemporáneo ballet clásico hacia el fin del primer acto, en la escena del huracán: tal vez por su blanco inmaculado, es una de las pocas figuras que brillan con luz propia.

Pero Ascenso y caída de Mahagonny no es sólo teatro brechtiano. La música de Weill es magistral de punta a punta y, aun hecha de residuos, es del todo original. No hay en el mundo nada parecido a ese dúo final entre Jim y Jenny, obra maestra de la inexpresividad expresiva; un dúo de amor es algo imposible en la ciudad de Mahagonny. Se trata de un registro lírico único, que no debe nada a Berg ni al expresionismo, y cuyo extraordinario efecto seguramente también radica en la desnudez del contrapunto.

Jenny encontró una gran intérprete en la soprano Graciela Oddone, cuya performance vocal se fue agrandando con el correr de la representación. Carlos Bengolea compuso un Jim Mahoney más que correcto. Sobresalieron además Marcela Pichot como la viuda Begbick y, muy especialmente, Luis Gaeta en el mismo papel de Moses que había interpretado en el estreno de 1987. La orquesta sonó ajustada. Gerardo Gandini conoce en profundidad la música de Weill y obtuvo ritmos ágiles y un alto rendimiento general.

ASCENSO Y CAIDA DE LA CIUDAD DE MAHAGONNY
Música: Kurt Weill
Libreto: Bertolt Brecht
Dirección: Gerardo Gandini
Régie y escenografía: JérÉme Savary
Vestuario: Mini Zucheri
Iluminación: Ernesto Diz
Coreografía: Diana Theocharidis
Dirección del Coro Estable: Miguel Martínez
Principales intérpretes: Graciela Oddone, Carlos Bengolea.
Próximas funciones: Hoy, 17 horas. Martes 16 (20.30), Miércoles 17 (20.30), Jueves 18 (20.30), Sábado 20 (20.30)
Calificación: Bueno

Federico Monjeau, Clarin, Domingo 14 de abril de 2002

Sin etiqueta

Una parte considerable del público del Gran Abono adoptó el viernes la suspensión de la etiqueta que sensatamente acaban de disponer las autoridades del Colón. La bancarrota nacional tornó insostenible un protocolo al que el Teatro se venía aferrando tenazamente desde su inauguración en 1908 (hubo alguna suspensión temporaria en los años 50, por decisión de Perón), aunque la norma raramente regía ya en los teatros líricos del resto del mundo. La etiqueta del Gran Abono era la única norma (escrita) de vestimenta que regía hasta ahora en el Colón.

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DESECHOS. Savary instaló a Mahagonny en un contexto caótico. Sobre el escenario del Colón, se utilizaron montañas de chapa, carteles inmobiliarios y hasta las archifamosas cacerolas. (Foto: Roberto Ruiz)
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