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Tu
llegada a la dirección del Colón se produce en el contexto de una álgida
polémica entre conservadores y populistas, entre los que defienden un
Colón más ceñido a lo tradicional y los que enfatizan, por sobre todo,
la idea de nuevo público. ¿Qué podrías decir con relación a esta polémica?
No me siento convocado a una polémica entre conservadores y populistas,
ya que no soy conservador ni populista. Me interesa aclarar que se trata
de una cuestión estrictamente personal, anterior al Colón. Como músico
estoy inscripto en una atmósfera donde conviven distintas presencias culturales.
Algo así es, en general, la atmósfera cultural argentina, bastante variada.
Como tantos otros, yo soy un producto de eso; un producto diferenciado,
como todos los demás. La combinación de elementos en mi trabajo artístico
es una ecuación donde conviven influencias de distintos campos, algunos
llamados clásicos, otros populares, sin que lo popular tenga que ver con
lo masivo ni, mucho menos, con lo vulgar. Ahora bien, en función de lo
que el Colón debe representar, habría que decir que no debería inscribirse
en ninguna de las dos variantes.
¿Por qué?
Porque, además de ser un teatro, el Colón es un símbolo paradigmático
de la cultura musical agentina. No es la cultura musical en su totalidad,
ya que suceden muchas cosas por fuera del Colón, pero es un símbolo que
nos identifica y nos reúne, a los que van al Colón y a los que no van.
En este sentido, el Colón es de todos los argentinos, lo que no quiere
decir que sea para todos. Más que hablar de las cosas para las que el
Colón fue creado, habría que hablar de lo que el Colón viene siendo desde
hace casi un siglo de existencia: un teatro para la ópera, el ballet,
la música sinfónica y de cámara. Todo lo que se desprende y se genera
a partir de eso, es una tradición que hay que honrar. Pero una tradición
no quiere decir un museo. Una tradición son tradiciones, como decía Mauricio
Kagel: son capas de tradiciones, cosas que se van sucediendo. Todo tuvo
un primer día. No creo que ningún individuo pueda torcer una tradición,
sino sumar algo a ella.
La perspectiva conservadora tiene un innegable punto de verdad, que consiste
en la defensa del carácter aurático del Colón. Es evidente que si se profundiza
la tendencia de los espectáculos de música popular, más allá de la superioridad
de unos sobre otros, de Spinetta sobre Soledad, el Colón perderá el aura
que todavía conserva tanto entre los músicos clásicos como los populares.
Incluso la tradicional expresión "Al Colón" terminaría careciendo de sentido.
La magia, la mística que el Colón ha sabido acuñar es uno de los valores
inviolables. Como decía un querido amigo mío, si no tiene ángel, no sirve.
Y por mi parte agrego: si no hay alegría, tampoco sirve. Hay que recuperar
la alegría de hacer música en el Colón. La sola atmósfera que el Teatro
impone es un bien común. Tiene que ver con lo consagratorio. Acceder a
la vida musical del Colón tiene que tener un sentido de consagración,
aunque también puede tenerlo como estímulo. El prestigio del Colón puede
servir para el que está de vuelta pero también para el que se inicia.
El Colón debería poder sostener esta tradición ofreciéndole nuevos talentos,
porque si no ella se moriría.
En
cuanto a los episodios de la polémica, pertenecen a gestiones anteriores
sobre las cuales tengo poco para decir. Me haré cargo de lo que ocurra
en el Colón a partir de ahora. Entonces te diría: el Colón es el espacio
que la ciudad tiene para ciertos géneros. Otros géneros tienen otros espacios
naturales. Es probable que hayan habido incrustaciones inoportunas. Puedo
adelantar que, durante mi gestión, si hay una presencia de otros géneros
debe ser en principio absolutamente excepcional. Excepcional en cantidad
y en calidad. Hay creadores que están más allá de la clasificación: si
Salgán compone una obra sinfónica, ¿por qué no podría ser tocada por los
medios sinfónicos del Colón? ¿Quién impediría por principio al compositor
Salgán hacer su obra en el Colón y quién impediría al pianista Keith Jarrett
tocar sus improvisaciones en el piano de cola del Colón? Siguiendo con
las cuestiones de catálogo, sabemos que no es suficiente que una obra
se denomine sinfonía para que eso garantice la excelencia artística. Seguramente
la historia ha sepultado una gran cantidad de sinfonías pésimas.
Vos diferenciabas lo popular de lo masivo, pero
sin embargo la política los vuelve a unir. La política no puede prescindir
de criterios cuantitativos, de cuánta gente va al Colón, de cuánta gente
fue a ver a Spinetta.
Lo popular no está definido por la cantidad de público que hay en una
boletería. En muchos procesos culturales históricos lo popular fue minoritario,
y lo mayoritario fue lo vulgar.
¿Qué lo define?
Lo popular tiene que ver con un proyecto común. Para tomar una expresión
de un filósofo católico argentino, diría que lo popular tiene que ver
con una comunidad de destino. Si podemos considerar la música como un
bien común que nos reúne, que reúne nuestras diferencias, no para neutralizarlas
precisamente sino para computarlas; esas diferencias, decía, por radicales
que parezcan, son parte de nuestra cultura, entonces no se debe temer
a la exclusión. El Colón tiene que ser parte de esa comunidad de destino,
donde se pueda hacer música en paz. Hay que sentarse y trazar un rumbo
común en el que cada diferencia se pueda desplegar. Personalmente la idea
de lo popular no la ligo a una batea de música sino a un proyecto, a una
idea de Nación.
Convengamos en que la comunidad del Colón está muy lejos de ser algo ideal,
que hay muchos intererses creados y problemas más o menos como en la vida
real.
Estoy dispuesto a erradicar cualquier funcionamiento deshonesto. Pero
no con un discurso voluntarista sino con un nuevo manual de procedimientos.
Estamos anunciando la existencia de un manual que por primera vez estipula
cuáles son los canales que cada gestión debe seguir en el Teatro. Es un
emprolijamiento de las medidas que cada trámite debe seguir, en lo administrativo
y económico. También me alegra anunciar que por primera vez el Colón va
a tener un Director con un cargo de planta, cuyo sueldo va a corresponder
a un cargo municipal y no a un contrato variable. Así como a un maestro
de escuela le correponde un sueldo, al director del Colón le corresponderá
otro. Se funda la categoría administrativa de Director del Teatro Colón.
En fin, la transparencia no va a depender de la voluntad del funcionario,
sino de la normativa. El Colón es excepcional en un sentido, pero no puede
serlo en otros. Debe conservar los misterios en el arte, no en la gestión.
Tampoco debería haber tantas anomalías en la programación. Trabajaremos
en una temporada 2003 que prevea hasta lo imprevisible, porque la previsión
implica la posibilidad de un accidente. Y que no escape en absoluto a
las posibilidades del Colón. Todos los teatros del mundo tienen límites.
¿Cómo imaginás una buena temporada posible?
Creo que una de las palabras claves de la etapa que se abre es la de pluralidad.
Porque dentro de los mismos campos tradicionales de la ópera, la música
sinfónica, el ballet, tampoco aquí puede suponerse ninguna homogeneidad.
No se puede pensar que un artista es igual a otro porque los dos hacen
obras sinfónicas o son autores de ópera. ¿Cómo se puede suponer semejante
cosa? Podría decirse que son géneros o estilos; o técnicas, porque la
música sinfónica supone un instrumental sinfónico. Tiene que haber pluralidad,
empezando por los géneros a los que el Colón debe su aura. Creo que el
Colón no debe atender otras cosas, pero dentro de estos géneros propios
hay pluralidades, antinomias, distintos pensamientos estéticos, ninguno
de los cuales debe ser excluido.
La idea de evolución o de vanguardia o de conservadurismo, dentro del
campo sinfónico o de la ópera, es una variable que a los protagonistas
suele resultarles ajena. El ejemplo paradigmático de esto no proviene
de alguien que se autoproclama vanguardista, sino de alguien que se autoproclama
conservador, como Brahms, y fracasa, según lo demuestra el famoso artículo
de Schoenberg Brahms el progresivo. O sea que la verdadera dinámica
de la creación, la idea de vanguardia, avance o retroceso puede ser una
fuerza a la que los propios sujetos no alcanzan a gobernar. Brahms, queriendo
ser conservador, finalmente fracasa. La música está llena de sorpresas
y debemos prestarle oídos.
Clarin,
Domingo
8 de setiembre de 2002
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