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UNAS
3.500 PERSONAS OVACIONARON A UNO DE LOS PATRIARCAS DEL ROCK
La
poesía de Spinetta hizo vibrar a sus fans en el Colón Gabriel Giubellino.
Ese
final, los casi diez minutos de aplauso continuo cuando en el escenario
quedaban sólo los instrumentos, la silbatina que ligaron los pobres plomos
que empezaron a desarmar, lo decía todo. La hora y 25 minutos que Luis
Alberto Spinetta tocó en el Teatro Colón pareció corta. Tal vez haya sido
el más delicado, respetuoso y cerebral músico de todos los artistas populares
que participaron en este ciclo en el templo de la música clásica.
Desde temprano, los fans de Spinetta —gente de su generación pero
también muchos chicos— empezaron a hacer cola en la calle Libertad.
Muy ecléctico público. Tribus neohippies, grunges, alternativas
se mezclaban con sacos y corbatas de empleados de oficina y políticos
como el radical Facundo Suárez Lastra que al parecer pueden caminar más
o menos seguros entre la muchedumbre urbana y poética.
Media hora antes de las 6 de la tarde quedaban sólo seis localidades de
45 pesos sin vender. Unas 3.500 personas vieron entrar al Flaco cinco
minutos después, unos simples jeans, una prenda de mangas largas negra.
Alzó el puño izquierdo apretado, tomó la guitarra acústica (tenía otra
que no tocó en todo el recital). Los músicos que lo acompañaron esta vez
y el teatro entero hicieron silencio.
Sentado en la vereda de enfrente a la de la demagogia, él tocó esos acordes
raros, esas melodías difíciles de aprender para el oído medio. Cantó ("ríete
al fin, que llorar trae tanto frío") y ese tema, A los hombres tristes,
de 1969, fue un adelanto de lo que sería el concierto. Una atmósfera de
melancolía y devoción invadió la sala y casi no la abandonó.
Decimos casi porque un concierto de Spinetta no sería eso sin las interrupciones
de algunos de sus fans. A veces parece que lo hicieran para sacarlos de
las casillas. "Te queda chico el Colón", gritó uno, al final del tango
Grisel tocado como lo hizo con Fito Páez en el disco "La, la, la". El
Flaco respondió meneando la cabeza.
Sus respuestas a los cansadores pedidos de siempre —Muchacha...,
Cantata...— fueron más bien gestuales. "Feliz cumpleaños", le devolvió
a uno que se había puesto muy pesado. De todos modos su único speech fue
serio y preocupado. Habló del "privilegio" de estar sentado ahí antes
de decir: "Quisiera con mi música paliar el dolor de todos los que no
pueden y pedir con el corazón por la hermandad de los argentinos, por
un futuro que tenga salud y educación; si no no va a haber más la aldea
que nos espera a la salida de acá".
Ese concepto tan Argentina 2002 logró amenguar las ganas de pavadas. El
recital se fue internando en la hondura poética de Luis Alberto. La fábula
(La Pelicana y el Androide, con el piano del Mono Fontana dejando caer
notas como gotas y acordes como truenos en una misma canción), la obsesión
por el amor perdido (Ekaté) que es el alma del disco "Los ojos". El amor
por su familia (tocó un tema de su hijo Dante y nombró a todos sus queridos
y queridas). Es una lástima que siempre haya
alguien que quiera otra cosa.
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Un
tesoro de instantes para toda la vida
"Salva
tu piel". Con este verso de A estos hombres tristes (Almendra, 1970) arrancó
un concierto donde nuestro
John Lennon/Caetano Veloso optó por desembarcar en el solemne Colón sin
pirotecnia ni pompas sinfónicas, sino con un strip tease a media luz.
Tan tenue, tan íntimo, tan traslúcido, que en semejante ámbito su voz
contagiaba emoción sin temor de llegar al suspiro y la congoja en canciones
de amor que a veces suenan a ruegos. Juan Carlos Fontana y Claudio Cardone
acompañaban la guitarra acústica del Flaco desde los teclados, mientras
que Javier Malosetti se encargó del contrabajo. Todo armonizaba con una
discreción y una sutileza muy lejos del mero virtuosismo y el arreglo
de repostería.
Lo de "salva tu piel" es todo un manifiesto. La clave en Spinetta es llegar
a nosotros desde la epifanía inesperada, el rayo del instante. Vive de
azul sigue esa canción: Spinetta siempre militó por que lo poético ayude
a azular nuestro gris cotidiano. Lo suyo es justamente una militancia
de la metáfora y de la alegoría, algo que heredaron dos aparentes enemigos
del rock nacional: Gustavo Cerati y el Indio Solari. Después de años de
ser discutido por hermético, ingenuo o escapista, ganó por fin una consagración
indubitable. En el Colón, repasó su cancionero, que va desde Para ir (
Almendra) a Tonta luz de su última cosecha, pasando por A Starosta el
idiota del 73 y Maribel se durmió (83). Canciones donde el amor, el sueño
y la locura funcionan como catalizadores de palabras mágicas como "comarca",
"fulgor" o "torbellino". Desde la ayer ausente Muchacha ojos de papel
(69), Spinetta todavía encarna en formato pop la revuelta surrealista
y la utopía del hippismo para demostrar que la magia puede quedar a la
vuelta de la esquina. "Flaco, sos de un poder superior", gritaron desde
el gallinero. Sin permitirnos tanta ciega idolatría, no podemos negar
que a muchos el Flaco nos cambió la forma de ver el mundo. "Todo dura
un instante para toda la vida", entonó en Al ver, verás. Así su show:
un tesoro de instantes para toda la vida.
Clarin,
Martes 27 de agosto de 2002
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