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Cuando
los conflictos laborales habían dejado de alterar los cronogramas del
Colón -el nuevo reglamento de trabajo puso fin a años de desinteligencias
y disturbios- la llegada de Los Nocheros, de Soledad y de Spinetta para
cantar en el teatro, entre varios más, fue un nuevo motivo de controversias.
Con la excusa de que estos recitales, ajenos a la tradición clásica, afectaban
los horarios de ensayos, Emilio Basaldúa elevó su renuncia a la dirección.
En realidad, esto debe haber sido la gota que derramó un vaso lleno de
dificultades, algunas estrictamente artísticas y otras que tenían que
ver con su enfrentamiento con Pablo Batalla, el director administrativo
y, para muchos, la cabeza efectiva del Colón.
Además, fue interesante observar cómo los melómanos tradicionales reaccionaron
ante la “invasión pecaminosa” de los músicos populares como
si una profanación vejatoria sucediera sobre su reducto sacro y privado.
En general, no arguyeron nada sobre la incongruencia sonora y musical
en un ámbito poco propicio, sino que sólo atinaron a mostrar su espanto,
revelando intolerancia, exclusivismo y, si se quiere, hasta cierto racismo.
Lamentablemente, no se los ha visto tan perturbados, por ejemplo, ante
la muy baja calidad de los espectáculos operísticos o sinfónicos promovidos
en este flojísimo 2002.
Como nuevo director, llega Gabriel Senanes, músico y periodista, con sus
propias ideas e ilusiones. Con buen tino, en su presentación, afirmó que
el Colón “es para todos pero no para todo”, apuntando que
dedicará sus esfuerzos a la música clásica y a tratar de que la excelencia
vuelva al teatro, aun en épocas de dificultades económicas serias.
La
presencia de Jorge Telerman y de Aníbal Ibarra en la ceremonia dio a entender
que habrá un firme respaldo político para que Senanes implemente todas
las medidas que sean necesarias como para justificar que el enorme presupuesto
que la Ciudad destina al Colón tenga un mejor y más productivo resultado.
Por
Pablo Kohan,
Noticias, 14 de septiembre de 2002 |
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