|
La
mayoría de los mejores instrumentistas rusos está trabajando en las principales
orquestas de todo el mundo, en las cuales, por supuesto, los sueldos son
infinitamente superiores a los que se pueden percibir en Moscú o San Petersburgo.
Por lo tanto, ante una orquesta rusa, podría intuirse que sólo lograría
hacer añorar las antiguas glorias. Pues bien, la Filarmónica de San Petersburgo
pasó por Buenos Aires para demostrar que la poderosa tradición musical
rusa sigue viva y esplendorosa.
Renovada con respecto a su última visita, hace casi un lustro, la orquesta
sigue integrada por músicos de destrezas técnicas superiores y de un oficio
admirable. Desde el comienzo de la “Obertura festiva”, de
Shostakovich, el Colón se vio invadido por un sonido homogéneo, cálido
y contundente, perfecto en su ensamble, irreprochable en su afinación.
Pero, además, y este factor es absolutamente esencial, el director que
comanda las acciones es uno de los mejores del mundo y, sin lugar a dudas,
el más notable en la música sinfónica rusa.
Sin batuta, Yuri Temirkanov, con movimientos sencillísimos, más parecidos
a los de D’Arienzo que a los de cualquier colega suyo, y un conocimiento
estilístico cabal de las obras presentadas, condujo a la orquesta por
caminos de arte, precisión y fantasía. La Quinta Sinfonía de Shostakovich,
en el final del programa, fue un fresco imponente, en una interpretación
insuperable.
Pero la frutilla del postre fue el pianista Nicolai Demidenko haciendo
el Concierto N° 3 de Rachmaninov. Salvaje, con una potencia abrumadora
y, al mismo tiempo, un lirismo fascinante, su presencia en el escenario
fue hipnótica y verdaderamente electrizante. Después del huracán Barenboim
y cuando todo lo que viniera tras él podía suponerse como irremediablemente
insuficiente, lo mejor que pudo haber pasado fue encontrarse con esta
trilogía de orquesta, solista y director rusos. Como para que la emoción
continúe todavía un tiempo más.
Por
Pablo Kohan,
Noticias, 31 de agosto de 2002 |
|
|
|