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Intento fallido
"Dido
y Eneas"
de
Purcell, con María Luján Mirabelli, Luciano Garay, y elenco; "El castillo
de Barbazul", de Bartók, con Marcelo Lombardero y Alejandra Malvino. Dirección:
Pedro I. Calderón. Teatro Colón |
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La
postergación, en dos oportunidades, del estreno de esta producción de
dos óperas en una sola reunión hacía presumir que algo no andaba bien.
Después del estreno y habiendo comprobado la existencia de algunos errores
conceptuales profundos, no es de imaginar que, aún con varios días más
de ensayos, el resultado hubiera sido mejor. La programación de dos óperas
tan disímiles en sus propuestas musicales, textuales y estéticas –"Dido"
es de 1689, "El castillo", de 1911–, hubiera requerido de una perfección
interpretativa superior para hacer olvidar una unión nacida casi contra
natura. Por el contrario, salvo algunas actuaciones individuales, las
de Lombardero, Malvino y Laura Rizzo, las ideas generales inadecuadas,
en la puesta y en la dirección musical, de la ópera de Purcell primaron
por sobre cualquier valoración positiva.
En "Dido", en lo dramático, hubo incongruencias en el vestuario, marcaciones
actorales sumamente débiles, una apuesta a la monumentalidad y ciertas
decoraciones absolutamente superfluas. Pero en lo musical el asunto no
fue mejor. Hacer una ópera barroca con una orquesta moderna y sin contemplar
las peculiaridades de la música de Purcell es, por lo menos, un desatino.
Violines románticos, sonoridades inexactas y volúmenes inapropiados fueron
casi la norma.
En "El castillo", Calderón se sintió pisando terreno más conocido y la
corrección afloró como para que Lombardero y Malvino pudieran desarrollar
con solvencia el tremebundo pero también simbolista drama de Bartók. Sin
embargo, los balances sonoros no fueron los mejores, y Oswald no pudo
evitar que las primeras mujeres de Barbazul se retiraran del escenario
quitándose la capa y marchando hacia la salida del fondo, en el centro
del escenario, como si de un desfile de Giordano se tratara. Al parecer
la necesidad de exhibir ropajes lujosos es una debilidad. Claro que a
"El castillo" y a Bartók este tipo de trivialidades agregadas nada le
aporta. l
Por
Pablo Kohan,
Noticias, 6 de septiembre de 2002
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