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Un cuento desde Santiago
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Entrega solo un roce.
Un roce de labios que me dejan inquieta e intranquila.
Cierro los ojos y no puedo parar de soñar, de recordar sus manos quemadas recorriendo mi espalda tatuada.
Una horca en mi cuello me dejaría tranquila y cerraría mis ojos de por vida.
Recostada en la cama de sabanas gastadas reconozco su olor y la textura de su lengua en mi cuello. Me araño la cara y muelo los nudillos de mis manos a golpes contra la muralla de adobe electrificado.
La mascara de perro me observa desde la grieta reina de la casona y desde su boca sale una cascara de plátano.
Los sonidos de metales se han extinguido y las cadenas amarran mis manos hasta dejarlas moradas y destruidas.
Las vendas me cubren los brazos y parte de mi sexo. No recuerdo nada.
Miro mis manos y las uñas están blancas abalanzándose contra mis muslos. Ya no me causa placer, solo siento dolor.
Esta agonía es una tortura solo comparable con el robo de la paleta de caramelo en el día después de Navidad a un niño de tres años abandonado por sus padres.
Es curioso. La curiosidad mato al gato y yo ya he gastado mas de siete vidas.
Estoy oculta en el altillo de algodón y alcohol de quemar. Espero ansiosa el roce con el fósforo infectado con el virus del olvido.
Le susurro palabras al oído y como siempre parece no escucharme, tiene los oídos y los ojos clausurados por culpa de mis besos.
Me acerco a sus labios y se aleja de tal modo que ya no puedo saber a quien observo a la distancia. Derramo algunas lagrimas y él sonríe de manera irónica y me da la espalda.
Su pelo esta mas largo y desnudo se ve más bello que nunca.
Lo observo.
Quiero arañar su espalda hasta hacerlo sangrar y clamar por un beso. Un beso húmedo entre sus piernas, dentro de su ombligo o sobre sus ojos desalmados.
Pero nada.
Como siempre la respuesta es nada.
Despierta y se acerca a mi forrado en una negra bolsa de basura. Su rostro esta cubierto y solo diviso su boca y su lengua que ya no me quieren hablar.
Están cumpliendo condena a causa del veredicto del juez de fuero de los ojos lagrimosos y los débiles latidos del corazón.
Establecí una demanda hace algunos meses, pero nunca creí que mis motivos fueran más fuertes que los del dictador de la casa en la playa.
Pero todo puede ser.
Ahora después del tiempo me doy cuenta de que todo puede ser.
Enciendo un cigarrillo y me desespero, estoy en un patio abandonado y estoy rodeada por una amargo laberinto de ventanas sin forma.
Miro a través del orificio de la puerta mutilada y solo veo el polvoriento camino que me llevara de regreso al lugar sin limites, hacia el festín de hormigas deseosas dentro de una tina llena de sangre coagulada.
La botella de color sangriento esta vacía, no recuerdo cuando se acabo ni que es lo que contenía, talves estaba compuesta por cápsulas de ácido lujurioso, sexos erectos y mordiscos mefenamicos.
Estoy tumbada. No puedo mover mi cuerpo, solo mi vista. Esta comienza a nublarse y de mis manos nacen espinas que amenazan con convertirme en una rosa negra. La primera y única rosa negra tamaño natural con perforaciones en el rostro.
Pienso en romper los vidrios de las retorcidas ventanas y cortar una a una las venas de mis brazos y mi cuello.
También pienso en el ultimo abrazo que nos dimos antes de partir y de sus jadeos al termino de la transpirada cabalgata.
Mi pelo esta sucio y se adhiere a mi rostro como el de un recién parido.
Hace algunos días soñé la imagen de una princesa lánguida y sufrida, estaba en cuclillas sobre una vacenica del "intrépido volador", de entre sus piernas salía un liquido café amoratado, aullaba del dolor y las lagrimas que salían de sus ojos se convertían en canicas de vidrio molido justo antes de tocar el suelo.
Esperaba
Esperaba
Esperaba.
De pronto, de un solo golpe cayeron dentro de la infantil vasenica tres perros de color negro, perros enmascarados y ruidosos que se aferraban a su pubis como si la muerte viniese en camino, como si la muerte viniese tras ellos.
Luego, el cielo se tornaba gris y soplaba un viento que casi calaba los huesos. De improviso comenzaba una tormenta de truenos, rayos y centellas y los granizos caían del cielo como punzantes estacas en el corazón de un vampiro.
Los pequeños perros aullaban igual que su madre, pero poco a poco su llanto iba transformándose en la más escalofriante y aterradora de las carcajadas.
La pequeña princesa presa del pánico, sacaba un oxidado puñal de entre sus pechos y lo enterraba tres veces en el corazón de cada uno de sus cachorros. Estos se reían, se reían y se reían.
De nuevo en el laberinto de ventanas reconozco tu risa bajo el astillado piso de madera.
Pero ya no puedo hacer nada.
Nada.
El sol golpea cada vez con mas fuerza y me quema la piel a través de una camiseta de telarañas negra. Cierro la cortina de la izquierda y comienzo a sentirme cada vez mas fría.
Me molesta.
Pero ya no sé que es lo que me molesta más. No sé si las decisiones que estoy tomando sean las correctas, de pronto pienso que no.
Lo siento.
Siento como se revienta su sexo excitado entre mis manos, como me llena de deseoso liquido afrodisiaco.
Sus ojos están blancos y sus labios presionan los míos hasta hacer que me monte sobre él más rápido que el reventar de una ola.
Su frente suda y su lengua pide por más.
Me entrego como la primera vez.
Es una sensación insaciablemente extraña.
Lo muerdo.
Me muerdo.
Lo deseo.
No puedo esperar para que sea mío como en mis sueños. Ya es hora.
El despertador de chicharra se ha accionado y al darme vuelta me percato de que ya no esta a mi lado.
Ahora bajo y subo las escaleras de un céntrico edificio capitalino. Sigo buscándote entre la multitud y no puedo encontrarte.
Te espero.
Quemo mis labios con un hechizo y saboreado cigarrillo, con mis uñas me hago heridas en la cabeza y la sangre tibia corre por mis sienes hasta depositarse en mis labios.
El sabor es extraño. Sabe a crimen, a trampa, a bofetada hiriente.
A lo lejos se le ve venir vestido de negro y con la caminata algo desequilibrada.
Se acerca. No me ve.
Solo puedo reconocer sus labios y sus dientes amoratados por el festín de la noche anterior y de la mañana siguiente.
Acaricio su cuerpo a la distancia.
Me regala una mirada pero no sabe que estoy aquí. Estoy frente a el y parece que su vista esta cegada por el olvido dividido.
Quiero besarlo.
Besarlo como en épocas de antaño, pero no puedo. Como él diría: "seria una trampa..."
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