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Interior 3-b

Al abrir los ojos el lunes, el primer día de sus vacaciones, lo primero que escuchó fue el ruido del agua que caía. Hasta que Claudia traspusiera la puerta y desapareciera camino al trabajo pasarían 10 minutos. Decidió fingir que dormía hasta que estuviera solo. Solo con sus pensamientos y fantasías. Sintió los labios de Claudia sobre los suyos, abrió apenas los ojos y en su tono más grave dijo nos vemos. Después de cerrarse la puerta esperó todavía 15 minutos más para incorporarse. Entretanto, Claudia habría llegado a la esquina, abordado un taxi y partido lejos por más de ocho horas.

Desde que ocuparon el 3-b, hacía dos meses, dedicaba cada mañana sus más violentos e intensos pensamientos a su vecina. La imaginaba, invariablemente, encaramada sobre su sexo, engulléndolo todo y diciéndole una y otra vez así, papi, así. Bastaba esa escena, repetida con la repiqueteante insistencia del deseo, y la asistencia de su mano para que en breve expulsara la blanca materia de sus ansias.

El atractivo físico hubiera sido suficiente para desatar sus ganas, pero otros atributos más contribuyeron a convertirlas en el combustible de una obsesión: 40 años (10 más que él), soltera y un acento susurrante que bien podía ser argentino o uruguayo. Eso, para hablar nada más que de los atributos intrínsecos, pues los añadidos no iban a la zaga en su eficiencia para sublevar los sentidos: los calzones minúsculos, que no hacían más que denunciar con su presencia la soberbia naturaleza de lo que encubrían; los pantalones, que de tan ceñidos delataban los músculos firmes y tensos, y los escotes, que apenas dejaban ver los tres o cuatro centímetros de una raya oscura y profunda, con la brevedad necesaria para ocultar y prometer, a la vez, un encuentro definitivo con las gemelas fuentes originarias del placer.

Pero tan importante como verla y precisar sus contornos perturbadores era conocer sus rutinas más cotidianas, aquellas que podían decir a qué hora se acostaba, qué hacía los fines de semana, a quiénes recibía, si tenía uno o más amantes, en fin, todo aquello que, de alguna manera, la hiciera algo conocido, mensurable y, de pronto, previsible.

Cuando menos se lo imaginó, se encontró pensando en su vecina mientras desnudaba a Claudia, también cuando buscaba sus pliegues y repliegues donde activar el clic que la haría entrecerrar los ojos y demandar al rato que se metiera dentro de ella, y, con más intensidad que nunca, cuando sentía que estaba a punto de inundar los cauces que generosamente se ofrecían a un desembalse interminable.

Lejos de sentir culpa, entendía esa falta al noveno mandamiento de Dios no sólo como una infracción parcial, pues, que supiera, su vecina no tenía un prójimo que la reclamara como suya y la hiciera, consecuentemente, ajena al resto. Y en cuanto a su fidelidad, estaba descontado que Claudia jamás se enteraría de los desvaríos de su imaginación al momento que la hacía feliz.

Del mismo modo, el impulso que lo hacía desear a cuanta mujer en condiciones de merecer se topara había desaparecido abarcado por la exclusiva devoción a un solo objeto, al que había decidido bautizar como Susana. No sabía por qué escogió el nombre, quizá, se decía, por que en realidad su voluntad no intervino. Se preguntó ¿cómo me gustaría que se llame? y el nombre, como si fuera un acto creativo que tuviera su origen en la nada, como un acto fundante, brotó de sus labios. Poseerla de todos los modos que su imaginación permitía se convirtió, pasado el tiempo, nada más que en un paliativo. Se impuso la necesidad de poseerla de algún modo que, aunque fuera indirecto, se emancipara de la mera imaginación y lo acercara, si no a su cuerpo, por lo menos a sus lindes. Si no a la certeza de su tacto, aunque sea a la embriaguez de sus olores.

Impelido por este nuevo y urgente imperativo, se convirtió, sin culpa y con esmero, en un cordelero. Luego de atravesar las azoteas que lo separaban de la casa de Susana, sigilosamente y teniendo que salvar, cada vez que pasaba de una casa a otra, cerca de dos metros sobre un modesto pero sin duda letal precipicio de cuatro metros, se halló habitando el cielo de Susana, en el que, a modo de volátiles ángeles, las prendas blancas ondeaban al viento. Las sábanas le dieron noticia de una cama de dos plazas que exigía llenar un cupo vacante. Los sostenes le contaron de sus esfuerzos en su diaria batalla contra la gravedad. Finalmente, los calzones, breves como una frase lapidaria o una imprecación blasfema, le confesaron con rumor clandestino los secretos de su dueña.

Transcurridos diez días después de sus vacaciones, los juegos de su imaginación ya no podían satisfacerlo más. Quizá si se hubiera propuesto desde el inicio cortejarla para acostarse con ella, no lo hubiera hecho. Pero había llegado tan lejos en la estimulación y recreación de su deseo que se le impuso como necesario por lo menos saludarla más a menudo o, de pronto, hablarle, provocar una conversación al paso, informal.

Susana tenía una rutina invariable los días de semana: salía a las doce con su bolso para el mercado, regresaba a la una y sólo volvía a salir a las cinco para comprar el pan. Al parecer, no trabajaba, por lo menos no como todo el mundo. Esa posibilidad lo perturbó aún más. Saber que pasaba las horas sola en su casa era una invitación a perturbar esa quietud doméstica con las propuestas más indecentes.

Se acomodaba en un sillón de la sala, cerca de la puerta, el mejor lugar para escuchar los ruidos que provenían de la quinta y, entre ellos, los sonidos de las puertas, que anunciaban la llegada o salida de los vecinos. Para no exponerse, aprendió a identificar la forma en que se cerraba la puerta del interior 3-b. Después de cruzarse en varias oportunidades, en las que no habían pasado de un buenos días o un buenas tardes, un día que regresaba de comprar los periódicos, la vio a casi una cuadra de distancia, agobiada por el peso de su canasta. Aceleró el paso y se ofreció para cargársela. A pesar de que en dos o tres minutos llegaron a la puerta de Susana, debido al calor, se le perló la frente de sudor. Ella abrió la puerta y volteó para recoger la canasta.

-Mire cómo está. Pase, le prepararé un refresco.
-No quisiera molestarla –dijo sin mucha convicción.
-No, si yo lo he molestado a usted.
Susana fue a la cocina y él se sentó en la sala. Sus pensamientos lo condujeron de inmediato a una de las más frecuentes fantasías adolescentes. Sin nada que lo anticipara, ella le decía que esperara y al rato aparecía apenas cubierta con una bata de tul, tal vez con un baby doll o, de pronto, un corsé negro en combinación con medias y portaligas, con las promesas de su sexo inerme, propicio para una embestida definitiva.

Frente a él, un gran estante guardaba centenares de libros. Se acercó y encontró, agrupados en el ángulo superior derecho, una serie de títulos que denunciaban un interés, por lo menos literario, por los placeres de Venus. Estaban todos los premios del concurso La sonrisa vertical desde que se inventó, todos los títulos del Marqués de Sade que conocía, un enorme volumen sobre la vida sexual de los mochicas, el clásico La historia de O, los poemas completos de Safo de Lesbos y, entre muchos más, Las noches latinas, el más exhaustivo y crudo relato que había leído sobre las orgías de los más salaces emperadores romanos. Cogió al azar un libro que le llamó la atención por su tamaño y se topó con una suerte de Kama Sutra que parecía editado por la corporación Benetton. En ninguna de las innumerables posiciones en que se realizaba el acoplamiento sexual la pareja era del mismo color o raza. Todas las combinaciones imaginables estaban allí. La concordia humana, por fin, se conseguía sin la intercesión del pensamiento, de la cintura para abajo.

Una rubia platinada de enormes proporciones, una auténtica valquiria, reposaba con gesto lascivo sobre sus palmas y rodillas mientras un negro descomunal se adhería a sus nalgas con una expresión que no dejaba dudas sobre el trance culminante por el que estaba pasando. He tenido un sueño… parecía a punto de decir. En la siguiente página, encontrada al azar, un oriental pequeño le encajaba su apéndice a una mujer de nítida belleza gitana en la pose de la silla del peluquero.

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