El espectador no se siente ya gratificado por la visión de lo que tan acostumbrado estaba a descodificar sin esfuerzo: el arte ilusionista. Su colaboración en la lectura de la obra se vuelve mucho más activa y a la vez, mucho más perpleja, ya que lo que se le ofrece no está dentro del orden que siempre había mantenido.Esta será la principal actividad del espectador en la obra: completar, con su labor partícipe, consciente e interpretadora, los objetos plásticos. Formar parte, por así decirlo, del momento creativo.
Lo mas extraño es siempre lo mas cercano.
Uno de los paradigmas del hombre actual, y de su poética es, a mi juicio, la pérdida de un orden que aun podría rastrearse en etapas anteriores del pensamiento.Cuando hablo de Orden, me refiero a una determinada concepción organizada y regular del mundo, donde cada elemento posee un lugar incanjeable, inmutable, provisto además de un significado cerrado y unívoco, donde la conciencia se ve inmersa en esa univocidad, aprisionada por las reglas. Esta situación ha ido cambiando y nuestra condición intelectual presente se encuentra precisamente en el polo opuesto. Refleja todo lo contrario. No existen reglas. Nuestra conciencia es libre.
Una idea aparece mucho más individual y estimulante cuantos más numerosos pensamientos, mundos y actitudes se encuentran en contacto con ella; cuando una obra presenta muchos pretextos, muchos significados, y sobre todo muchas facetas y muchas formas de ser comprendida y amada, entonces es sin duda interesantísima, entonces es una pura expresión de la personalidad.
Quiero que me vean sin mostrarme.
La obra plástica presenta muchos significados, es decir, posibilidades distintas de interpretación por parte del espectador, obra abierta y por definición ambigua. Posee también muchas facetas y maneras de ser comprendida y amada.
El cuadro es una aglomeración de intenciones distintas por parte del creador. Y además es una pura expresión de la personalidad, un canto a la libertad del individuo.
Magritte nos cuenta en una conferencia que se le reprochó en su tiempo mostrar en sus cuadros objetos situados allí donde nunca los encontramos. Sin embargo, se trata en este caso de la realización de un deseo auténtico, cuando no consciente, para la mayoría de las personas. En efecto, incluso el pintor más vanal intenta, dentro de los límites que se le han fijado, alterar un poco el orden en el que siempre ve los objetos. Dado que su voluntad era hacer que, en la medida de lo posible esos objetos gritasen, el orden en el que se colocan generalmente esos objetos debía evidentemente ser trastocado. Magritte afirma con rigor la ruptura con todas las convenciones y costumbres. En cuanto al misterio, al enigma que representan sus cuadros, diría que es la mejor prueba de su ruptura con el conjunto de esas costumbres mentales absurdas que, por lo general, reemplazan a un auténtico sentimiento de existencia.
Ahora soy yo, luego no lo sé.
El conocimiento del mundo tiene como canal autorizado a la ciencia y a la técnica. Sus operaciones y demostraciones rigurosas nos acercan a su comprensión y también a su posible utilización. En esto último se diferencia quizás del hecho plástico. La finalidad del arte no es convertirse en materia de definiciones científicas ni utilizables, sino producir objetos artísticos que son complementarios a ese mundo, a ese conocimiento del universo planteado por la ciencia, que se añaden a él y nos dan referencia de su situación, porque reflejan ese conocimiento a modo de metáforas epistemológicas.
La conciencia es un lugar de equívocos.
El tiempo ya no es absoluto, por tanto la narración pictórica ha de transformarse y buscar una propuesta que la renueve: cuando encontramos una yuxtaposición de elementos diacrónicos que el cuadro sincroniza, nos encontramos frecuentemente si no siempre, situados ante una narración que es o quiere ser policronológica. Esta concepción del tiempo nos recuerda a la simultaneidad cinematográfica, que pasó después a las artes literarias, (fundamentalmente a la novela) que presenta sin transición, en imágenes simultáneas, acontecimientos o escenas que se desarrollan en diferentes lugares o en diferentes tiempos. Esta noción de simultaneidad cambia profundamente la anterior: ya que el tiempo en ella no es absoluto, lo que parece simultáneo a un espectador, puede no parecerlo a otro.
Para muchos el conocimiento del mundo proviene del zapping.
La sociedad contemporánea se encuentra ante una especie de disponibilidad subjetiva del mundo, rendida por los medios tecnológicos. Sin embargo, a la vez que se expande nuestro poder, parece limitarnos el hecho de ser cada vez más dependientes de ellos, nuestra sociedad ha perdido la mayor parte de la heroicidad que se mantenía en otras anteriores, a las que le debemos nuestra situación. Ya no se propone ningún modelo definido del universo como se hacía en tiempos pretéritos; herencia es lo único que poseemos, o por lo menos, de lo que mas conciencia tenemos. Esta es una sociedad transitoria por definición.
El artista avanza a ciegas.
Muchos critican la actitud ecléctica en el arte como posible reflejo de un manierismo decadente, resultado de un empobrecimiento de la experiencia artística. Sin embargo, ni nos encontramos ante un fenómeno nuevo en el arte, ni me parece una actitud negativa, si consideramos al no-estilo, una nueva forma de estilo.
El camino más corto es saber de donde vienes y adonde vas.
Ya señalaba Michel Foucault: saber consiste en referir el lenguaje al lenguaje lo propio no es ni ver ni demostrar sino interpretar. Hay más libros sobre libros que sobre cualquier otra cosa, es decir, que en definitiva, lo que hace el arte es referirse continuamente a lo que ya se ha dicho, pero enunciandolo de otro modo, de forma que se descubre una formulación absolutamente abierta de un lenguaje que no se encierra en una verdad unívoca y definitiva.
Lo que caracteriza a la pintura actual es un rechazo a la adopción sistemática de los códigos y metalenguajes consolidados y regulados, no se manifiesta en favor de ninguna opción determinada, sino que intenta trazar su genealogía e indicar los efectos que producen. La edificación de la obra actúa como ejemplo de la mentalidad actual y como reconstrucción de un tejido de conjunto mediante la desconstrucción de los lenguajes y modos particulares de hacer que lo componen.
Cada pintura es un universo.
La obra contemporánea no posee ya un caracter intencional ni una actitud heróica, al menos como se manifestaba con las vanguardias históricas. Esta característica puede ser un reflejo parcial de esta mentalidad que considera al lenguaje pictórico como un elemento totalmente intercambiable, nunca eterno ni absoluto; aquella distinción que que existía tradicionalmente entre abstracción y figuración, ha desaparecido totalmente con la superación de los lenguajes en la fragmentación. Estos no poseen ya un significado determinado ni unívoco, sino múltiple y ambiguo.
La experiencia del hombre contemporáneo está marcada por la multiplicidad de las informaciones visuales, sobre todo en el ambiente urbano, donde ni siquiera nuestro entendimiento es capaz de procesar tal cantidad de imágenes simultáneas que se nos ofrecen. La propia realidad es una suerte de yuxtaposiciones fragmentarias, y este será el modo de operar con los fragmentos: la creación poética se inicia como violencia sobre el lenguaje. El primer acto de esta operación consiste en el desarraigo de las palabras, el poeta las arranca de sus conexiones habituales: separados del mundo informe del habla, los vocablos se vuelven puros, como si acabasen de nacer. El segundo acto es el regreso de la palabra: el poema se convierte en objeto de participación. Dos fuerzas antagónicas habitan el poema: una de elevación o desarraigo, que arranca a la palabra del lenguaje; otra de gravedad que la hace volver. Se insiste aquí en el concepto de arte como participación, derivado de la actuación fragmentaria, el autor crea lo que el pueblo recrea.
Artista y espectador forman así parte del momento creativo.