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1999 Con el título de "Máxima es un buen bocadito", el periodista holandés Albert Verlinde comentó: "Máxima no sólo está en el corazón de William Alexander sino también en la cabeza de muchos, como el dueño de un snack bar del sur de Holanda que bautizó uno de sus manjares con el nombre de Máxima". Se trata de una tajada de panceta con especias de Sudamérica, que se completa con un líquido anaranjado al que denominan "salsa Guillermo Alejandro". Pero la 'maximanía' fue más allá: Desde que el romance fue dado a conocer, cada tarde, las iglesias de Rotterdam hacen sonar sus campanas... a ritmo de tango, en homenaje a la futura princesa argentina. El carillón de la iglesia Oude Kerk (que se escucha en toda Amsterdam) sorprendía con su programa musical: cada media hora entonaba 'Tanguísimo' y a la hora en punto 'Palomita Blanca'. El campanólogo encargado, Bod van Welly, decía que quería enseñar a los holandeses algo de la cultura argentina, "para que vayan acostumbrándose". Y también por esos días, una batalla legal sacudía los tranquilos y holandeses días: varias marcas dedicadas a la venta de artículos de lujo se disputaban la propiedad intelectual del nombre Máxima. En octubre del 99 una veintena de fabricantes europeos libraban batallas por derechos de comercialización del nombre-marca. El ranking de pedidos fue computado por Shield Mark, una oficina de investigaciones de Holanda. La Shield, después de inscribirse en el registro general de Benelux contó, al menos, a otras veinte competidoras. Entre ellas el periódico De Telegraaf. Todos buscaban acceder al beneficio del nombre: desde adelgazantes naturales hasta bebidas o perfumes. Pero en la carrera de negocios tomó la delantera, Rob Muller, empresario de artículos suntuosos y avezado lector: el 27 de agosto de 1999 anotó el nombre en el codiciado registro Benelux, apenas el noviazgo real fue avizorado por la prensa.
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