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En septiembre de 1999 "Máxima ya era, para los holandeses, su nueva princesa" y la argentina se comportaba como tal "Sonríe -sin emitir una sola palabra- siempre a las cámaras. Jamás se enoja con los periodistas y acata el protocolo y los buenos modales, que seguramente dicta su futura suegra, la reina Beatriz". Tanto en Holanda como en Nueva York, revoloteaban nubes de fotógrafos a la pesca de una foto exclusiva, mientras jueces y abogados mantenían discusiones (los empresarios querían registrar su nombre como marca) y el pueblo holandés imaginaba cómo sería la boda de su príncipe y la plebeya argentina. La corona, mantenía -como los protagonistas- un discreto y estricto silencio. A principios de ese mes, Guillermo la había visitado en Nueva York, y hasta se sospechaba que había dormido en el modesto departamento que la argentina alquilaba en el barrio del Upper West. La pareja había llegado allí caminando: él con una valija de mano y un look muy casual; ella, con bolsas de papel en las que llevaba comida recién comprada en un "deli" en la esquina de su casa. Como tantas otras veces, pasaron entonces, un romántico fin de semana en Manhattan. Del príncipe, fanático deportista, se dijo que había corrido la maratón de Nueva York |
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